
Antes de convertirse en símbolo de una disputa histórica, las Islas Malvinas fueron el hogar de una criatura irrepetible: el guará, también conocido como zorro-lobo malvinero o Dusicyon australis. No era un zorro común ni un lobo como los europeos imaginaron al verlo por primera vez. Era un cánido endémico, adaptado al frío, al viento y a la soledad del Atlántico Sur. Según el CONICET, fue el único mamífero terrestre que habitaba naturalmente las islas, una rareza evolutiva que despertó la curiosidad de naturalistas como Charles Darwin.
Su cuerpo robusto, su pelaje espeso y su aspecto entre zorro grande y pequeño lobo lo convirtieron en una presencia inconfundible dentro del ecosistema malvinero. En un territorio sin grandes depredadores terrestres, el guará ocupaba un lugar clave: se alimentaba de huevos de pingüinos, crías de lobos marinos y focas, además de otros recursos costeros. Esa dieta muestra hasta qué punto estaba integrado a un ambiente insular extremadamente frágil.
Por qué los gauchos argentinos lo llamaron “guará”
El nombre guará no fue casual. Los gauchos rioplatenses que llegaron a las islas entre los siglos XVIII y XIX lo asociaron con el aguará guazú, el “gran zorro” de raíz guaraní, por su parecido físico con ese cánido sudamericano de largas patas. La denominación fue luego adaptada al inglés como warrah, pero su origen remite a la mirada de los hombres de campo del Río de la Plata que reconocieron en aquel animal una familiaridad americana.

La ciencia moderna terminó dándole peso a esa intuición popular. Estudios genéticos citados por el CONICET indicaron que el pariente vivo más cercano del linaje del guará es el aguará guazú (Chrysocyon brachyurus), una especie sudamericana que todavía habita regiones del noreste argentino. Además, las investigaciones señalan que el género Dusicyon habría divergido de un ancestro común hace millones de años y que el guará habría colonizado las Malvinas hace unos 16.000 años, durante el Último Máximo Glacial.
Darwin lo vio y anticipó su desaparición
Cuando Charles Darwin llegó a las Malvinas en 1833 a bordo del HMS Beagle, quedó impactado por la mansedumbre del animal. El guará no huía del ser humano porque, durante miles de años, no había evolucionado bajo la amenaza de cazadores terrestres. Esa confianza, que en otro contexto podía parecer una curiosidad, se transformó en una condena.

Darwin advirtió que, cuando las islas estuvieran más habitadas, aquel zorro sería clasificado junto al dodo entre los animales desaparecidos de la superficie de la Tierra. Su presagio fue trágicamente exacto: pocas décadas después, el guará ya no existía.
1833, ocupación británica y el inicio de una herida ecológica
El año 1833 marcó un punto de quiebre para la historia argentina en las islas. El 3 de enero, el comandante británico James Onslow, al mando de la corbeta HMS Clío, intimó al comandante argentino a arriar la bandera y retirarse; el sitio oficial argentino sostiene que ese acto de fuerza expulsó a las autoridades argentinas y parte de la población establecida en Puerto Soledad.
Tras ese proceso de ocupación, el modelo económico isleño se orientó cada vez más hacia la ganadería ovina. Para los colonos y productores, el guará pasó a ser visto como una amenaza para las ovejas. La respuesta fue brutal: persecución, disparos, venenos y caza sistemática. No se trató de una desaparición “natural”, sino de una extinción acelerada por decisiones humanas.
El último guará y una extinción evitable
El último registro reconocido del guará en libertad data de 1876, cuando el animal fue muerto a tiros. Un año antes, el único ejemplar en cautiverio había muerto en el Zoológico de Londres. En menos de medio siglo, una especie que había sobrevivido glaciaciones, aislamiento y cambios ambientales fue borrada del planeta.

La historia del guará es una advertencia: las islas no solo pueden perder territorio, memoria o soberanía; también pueden perder especies únicas. Su extinción dejó un vacío ecológico imposible de reparar y convirtió al zorro-lobo malvinero en un símbolo de lo que ocurre cuando el avance colonial, la explotación económica y la indiferencia ambiental se imponen sobre un ecosistema.
Malvinas también es memoria ambiental
Hoy, hablar del guará es recuperar una vida que ya no puede volver, pero también es nombrar una responsabilidad histórica. Las Malvinas no son únicamente una causa geopolítica: son también paisaje, biodiversidad, cultura rioplatense y memoria natural del Atlántico Sur. El guará, llamado así por los gauchos argentinos por su parecido con el aguará guazú, fue víctima de un ecocidio colonial que todavía interpela.
Su desaparición recuerda que la soberanía también se defiende contando estas historias. Porque cada especie extinguida se lleva consigo una parte del mundo. Y en Malvinas, el silencio del guará sigue hablando.

















