
A simple vista parece un cuento. Torres medievales, callecitas angostas, edificios de colores, plazas, caminos arbolados y construcciones que parecen salidas de una película animada. Pero la República de los Niños, ubicada en Manuel B. Gonnet, partido de La Plata, no nació como una escenografía turística: fue pensada como una experiencia educativa y cívica para que los chicos entendieran, jugando, cómo funciona una república.
El parque fue inaugurado el 26 de noviembre de 1951 por el presidente Juan Domingo Perón, en un predio de 53 hectáreas que había pertenecido al Swift Golf Club. Su creación fue impulsada por el entonces gobernador bonaerense Domingo Mercante, durante la primera presidencia de Perón, con un objetivo tan ambicioso como original: unir educación cívica, juego y fantasía en una ciudad hecha a escala infantil.
Y ahí empieza el encanto. Porque no se trataba de hamacas, toboganes y juegos sin conexión entre sí. La República de los Niños reproducía un verdadero entramado urbano y rural, con instituciones propias de un sistema democrático: parlamento, Casa de Gobierno, Palacio de Justicia, banco, capilla, teatro, puerto, aeropuerto, estación ferroviaria, restaurantes y espacios culturales.
El primer parque temático de América
Aunque muchos argentinos la llaman con cariño “la Disney argentina”, la historia tiene un dato clave: La República de los Niños abrió cuatro años antes que Disneyland. El parque platense fue inaugurado en 1951, mientras que Disneyland abrió oficialmente el 17 de julio de 1955 en Anaheim, California.

Por eso, distintos registros la señalan como el primer parque temático del continente y uno de los emprendimientos infantiles más importantes de Latinoamérica. Su dimensión, su concepto y su arquitectura la convirtieron en una obra adelantada a su época.
La idea era simple y poderosa: que los chicos no aprendieran la democracia solo desde un libro, sino caminándola. Que pudieran entrar a un banco, sentarse en una legislatura, recorrer un palacio, pasar por una estación, reconocer símbolos del Estado y sentirse protagonistas de una pequeña nación pensada para ellos.
Los arquitectos que construyeron un cuento real
El proyecto estuvo a cargo de los arquitectos Alberto Cuenca, Julio César Gallo y Jorge Lima, quienes diseñaron un paisaje urbano inspirado en cuentos infantiles, leyendas medievales y grandes referencias arquitectónicas del mundo. La atmósfera tomó elementos de Hans Christian Andersen, los hermanos Grimm y relatos vinculados a Alfred Tennyson.

Esa mezcla explica por qué el lugar tiene una estética tan particular: no responde a un solo estilo, sino a una fantasía construida con pedacitos de muchas culturas. En el Centro Cívico se destacan edificios como la Casa de Gobierno, el Banco Infantil, el Palacio de Cultura, la Capilla, la Legislatura, el Palacio de Justicia y el estudio de Radio República.
Incluso algunos edificios dialogan con monumentos famosos: el conjunto toma inspiración del Palacio Ducal de Venecia, el Taj Mahal de Agra y ejemplos del gótico del norte europeo. Esa decisión estética convirtió al parque en una rareza arquitectónica: una ciudad cívica con alma de cuento.
¿Walt Disney copió la República de los Niños?
La pregunta es irresistible. Y la respuesta, como todo buen mito, tiene más matices que certezas.
La versión popular dice que Walt Disney conoció la República de los Niños, quedó impactado por su concepto de ciudad fantástica para chicos y luego usó esa inspiración para desarrollar Disneyland. La Comisión Nacional de Monumentos afirma que el conjunto despertó en su momento la admiración de Walt Disney y que probablemente influyó en su concepción de Disneylandia.

Sin embargo, no hay una prueba documental definitiva que permita afirmar, sin margen de duda, que Disney “copió” el parque platense. Lo que sí existe es una coincidencia histórica difícil de ignorar: la República de los Niños fue inaugurada en 1951 y Disneyland recién abrió en 1955, luego de que Disney comenzara a desarrollar su proyecto en los años cincuenta.
Entonces, ¿la copió? La palabra “copiar” parece demasiado tajante. ¿Pudo haberla inspirado? Esa hipótesis sigue viva, alimentada por la comparación entre ambos mundos: castillos, recorridos inmersivos, fantasía arquitectónica, espacios pensados para familias y una experiencia que va más allá del simple entretenimiento.
El sueño pedagógico que sobrevivió al tiempo
La República de los Niños atravesó momentos de esplendor, abandono y recuperación. Según la Comisión Nacional de Monumentos, el predio sufrió deterioro tras los golpes militares de 1955 y 1976, y en 2008 comenzó un proceso de restauración general.

Desde 1979, el complejo está bajo la órbita de la Municipalidad de La Plata, y con los años volvió a consolidarse como un paseo familiar, turístico y educativo.
Hoy, recorrerla es caminar por una postal que mezcla nostalgia, historia argentina y fantasía. Cada fachada parece guardar una pregunta: ¿qué país imaginaban quienes construyeron este lugar? ¿Qué infancia querían formar? ¿Y cuánto de esa idea sigue latiendo en cada chico que se asoma a una ventana diminuta o cruza una plaza diseñada a su medida?
La verdad del mito platense
La República de los Niños no necesita que Disney la haya copiado para ser extraordinaria. Su valor está en haber sido, antes que muchos otros parques del mundo, una experiencia integral: educativa, arquitectónica, recreativa y simbólica.
Fue una ciudad para chicos, pero también una declaración de época. Un lugar donde la infancia podía jugar a gobernar, votar, debatir, circular, aprender y maravillarse. Un pequeño país donde la democracia se explicaba con edificios, calles, trenes y castillos.
Y tal vez por eso el mito sigue vivo. Porque en La Plata hay una ciudad diminuta que nació antes que Disneyland, que parece salida de una película y que todavía obliga a mirar dos veces. No para preguntarse únicamente si Walt Disney la copió, sino para entender por qué, más de siete décadas después, la República de los Niños sigue pareciendo una idea del futuro.

















