
En la esquina de las avenidas Rivadavia y Callao, frente al Congreso de la Nación, se levanta un edificio que conserva más de un siglo de historias, reuniones políticas y encuentros culturales. Se trata de la Confitería del Molino, una de las mayores joyas arquitectónicas de Buenos Aires.
Sus salones fueron frecuentados por legisladores, presidentes, periodistas, artistas y escritores. Sin embargo, después de atravesar dificultades económicas y un progresivo deterioro, el emblemático establecimiento cerró sus puertas en 1997.
Durante más de dos décadas, su imponente fachada quedó detenida en el tiempo. Ahora, luego de un minucioso proceso de restauración, el público puede volver a ingresar mediante visitas guiadas gratuitas.
¿Por qué se llama Confitería del Molino?
La historia del establecimiento comenzó a mediados del siglo XIX, cuando los pasteleros italianos Constantino Rossi y Cayetano Brenna administraban una confitería en las cercanías de la actual avenida Rivadavia.

En aquella zona funcionaba el Molino a Vapor de Lorea, uno de los primeros establecimientos harineros de ese tipo instalados en Buenos Aires. Con el tiempo, aquella construcción se convirtió en una referencia para los vecinos y terminó inspirando el nombre del negocio.
La confitería se trasladó en 1905 a la esquina de Rivadavia y Callao. La ubicación no fue casual: la construcción de la Plaza del Congreso estaba transformando completamente el barrio y la zona comenzaba a concentrar buena parte de la actividad política porteña.
La ambiciosa obra que cambió para siempre la esquina
En 1915, Brenna le encargó al arquitecto italiano Francisco Gianotti, también responsable de la Galería Güemes, la creación de un edificio capaz de unificar varias propiedades.
La nueva confitería fue inaugurada el 9 de julio de 1916, durante los festejos por el centenario de la Declaración de la Independencia. La construcción se convirtió rápidamente en uno de los máximos exponentes del art nouveau porteño.

Su torre, la cúpula y las características aspas del molino podían reconocerse desde diferentes puntos del centro. En el interior sobresalían los vitrales, mármoles, bronces, maderas y detalles dorados.
El edificio también ocultaba una enorme estructura productiva. En sus subsuelos funcionaban cocinas, depósitos, bodegas, talleres y hasta una fábrica de hielo. Allí se elaboraban tortas, masas y diferentes especialidades que luego se ofrecían en los salones.
El café donde se cruzaban la política y la cultura argentina
La cercanía con el Congreso convirtió a la confitería en un punto de reunión para legisladores, funcionarios y dirigentes políticos. Sus mesas también eran visitadas por familias, periodistas, estudiantes e intelectuales.
Entre las personalidades vinculadas con el establecimiento aparecen figuras como Niní Marshall, Libertad Lamarque, Roberto Arlt y Oliverio Girondo. El lugar dejó de ser solamente una confitería y pasó a formar parte de la vida social y cultural de Buenos Aires.
Uno de sus episodios más dramáticos ocurrió en 1930, durante el golpe de Estado que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen. El edificio sufrió un incendio y debió permanecer cerrado mientras se realizaban las tareas de reconstrucción.
Décadas más tarde, sus salones también fueron utilizados durante la producción de Evita, la película protagonizada por Madonna. La exposición internacional, sin embargo, no alcanzó para resolver los problemas económicos que afectaban al establecimiento.
¿Por qué estuvo cerrada durante tantos años?
Las dificultades comerciales se profundizaron durante las últimas décadas del siglo XX. Aunque los descendientes de Brenna intentaron sostener el negocio, la histórica confitería bajó definitivamente sus persianas en 1997.
Ese mismo año fue declarada Monumento Histórico Nacional, pero el reconocimiento no detuvo inmediatamente su deterioro. Durante años, la humedad y el abandono dañaron vitrales, revestimientos, carpinterías, metales y piezas ornamentales.

El rescate comenzó a consolidarse en 2014, cuando se sancionó la ley que declaró al inmueble de utilidad pública y sujeto a expropiación. En 2018, el Congreso tomó posesión efectiva del edificio y avanzó con una restauración integral.
Especialistas trabajaron en la recuperación de la fachada, la cúpula, los salones, los vitrales, el mobiliario y los antiguos espacios de producción. Incluso se utilizaron fotografías históricas y herramientas digitales para reconstruir detalles que habían desaparecido.
Cómo visitar actualmente la Confitería del Molino
El edificio puede conocerse a través de Experiencia Molino, una propuesta de visitas guiadas gratuitas y con cupos limitados. Durante el recorrido se observan los ambientes recuperados y se explica la compleja tarea de restauración.
Los días, horarios y modalidades de inscripción pueden modificarse. Por ese motivo, es recomendable consultar previamente los canales oficiales del Edificio del Molino antes de concurrir.
Ingresar a la antigua confitería no significa solamente conocer una obra arquitectónica. Es caminar por un escenario donde convivieron el lujo de la Belle Époque, las discusiones políticas, las reuniones culturales y las crisis argentinas.
Después de permanecer cerrada durante casi 30 años, la Confitería del Molino volvió a iluminar una de las esquinas más históricas de Buenos Aires.




















