
En medio del paisaje rural de la provincia de Buenos Aires se levanta una construcción que parece detenida en el tiempo. Sus torres, corredores y enormes ventanas conservan las huellas de un pasado atravesado por el lujo, el abandono y la tragedia.
Se trata del Castillo San Francisco, popularmente conocido como Castillo de Egaña, una de las mansiones históricas más sorprendentes del país. Se encuentra cerca de la estación Egaña, en el partido bonaerense de Rauch.
La construcción comenzó en 1918 por iniciativa de Eugenio Díaz Vélez, nieto del general Eustoquio Díaz Vélez, una figura destacada de la Revolución de Mayo y del proceso independentista argentino. La obra demandó doce años y llegó a convertirse en una de las residencias rurales más grandes y lujosas de su época.
El castillo perteneciente a la familia de un prócer argentino
Eugenio Díaz Vélez proyectó una residencia monumental inspirada en las construcciones que conoció durante sus viajes por Europa. Para levantarla utilizó materiales trasladados desde Buenos Aires y desde el Viejo Continente.
La mansión combinó elementos medievales, detalles franceses, techos inclinados, miradores, balcones y extensas galerías. También contó con mármoles, estufas ornamentadas y otras piezas elegidas especialmente por su propietario.
El resultado fue una residencia de dimensiones extraordinarias: 77 ambientes, 14 baños, dos cocinas, patios, terrazas, galerías, un mirador y un taller de carpintería. El edificio se convirtió en el corazón de la estancia San Francisco y en una importante fuente de trabajo para la población de la zona.
La fiesta de inauguración que nunca llegó a realizarse
La obra quedó terminada hacia 1930. Según los relatos conservados, familiares, trabajadores e invitados se reunieron en el castillo para recibir a Eugenio Díaz Vélez y celebrar la inauguración. Pero el dueño jamás llegó.
Después de regresar de un viaje por Europa, murió inesperadamente el 20 de mayo de 1930, mientras se encontraba en una propiedad familiar de Barracas. Cuando la noticia llegó al castillo, la celebración fue suspendida y los invitados abandonaron el lugar.

El episodio alimentó diferentes relatos sobre supuestas apariciones, pasos y extraños ruidos en los corredores. Aunque no existen pruebas que confirmen esas leyendas, las historias se convirtieron en una parte inseparable de la identidad del edificio.
La propiedad fue heredada por María Eugenia Díaz Vélez, hija de su creador. Sin embargo, la mujer prácticamente no habitó la residencia, que permaneció cerrada durante extensos períodos.
De mansión aristocrática a reformatorio
En 1958, la estancia fue expropiada por el gobierno de la provincia de Buenos Aires. Buena parte de su mobiliario fue subastado y el Estado comenzó a buscar una nueva función para el enorme edificio.
Durante la década de 1960, el castillo fue utilizado como hogar para jóvenes y posteriormente como reformatorio. Los ambientes pensados para reuniones aristocráticas se transformaron en dormitorios, aulas y espacios comunes.

La institución quedó bajo la conducción de Eduardo Burg. En 1974, Burg fue asesinado de un disparo por un joven relacionado con el establecimiento. Después del crimen, los menores fueron trasladados y el lugar cerró definitivamente.
Desde entonces, el castillo quedó expuesto al abandono, la humedad, los robos y el vandalismo. Con el paso de los años desaparecieron puertas, instalaciones, objetos y parte de sus revestimientos originales.
El rescate vecinal que evitó su desaparición
La situación comenzó a cambiar en 2010, cuando un grupo de vecinos se organizó para limpiar el predio, proteger la estructura y difundir su valor histórico. Las tareas comunitarias permitieron recuperar parte del espacio y abrirlo nuevamente al público.
En 2018, el castillo fue cedido para su administración turística al gobierno municipal de Rauch. Desde entonces, se consolidó como uno de los lugares más llamativos de Egaña.
El edificio no fue restaurado completamente y todavía conserva habitaciones dañadas, muros descascarados y sectores en ruinas. Sin embargo, el esfuerzo de los vecinos evitó que esta pieza del patrimonio bonaerense desapareciera.
Más de un siglo después del inicio de su construcción, el Castillo de Egaña continúa dominando el paisaje rural. Su historia reúne el apellido de un prócer de la Independencia, el esplendor de la aristocracia, una inauguración frustrada y un valioso rescate comunitario.





















