
El Parque Nacional El Palmar es conocido por sus extensos palmares de yatay y sus paisajes junto al río Uruguay. Sin embargo, dentro de sus más de 8.200 hectáreas también conserva un rincón capaz de transportar a los visitantes varios siglos hacia el pasado: las ruinas de la Calera de Barquín.
Este antiguo complejo productivo, ubicado cerca de Ubajay, en el departamento Colón, comenzó a funcionar alrededor de 1650. En aquel momento era conocido como la Calera de la Vuelta de San José y se encontraba vinculado con las misiones de la Compañía de Jesús, especialmente con la reducción de Yapeyú.
Rodeadas actualmente por vegetación, palmeras y senderos, las ruinas fueron testigo de la presencia jesuítica, la explotación colonial, los conflictos militares y los cambios políticos que transformaron el litoral argentino.
El origen de las ruinas jesuíticas de Entre Ríos
La calera fue operada con el trabajo de indígenas pertenecientes a las misiones de la región. Allí se extraían y procesaban piedras calizas para obtener cal viva, un material fundamental para preparar mezclas, revestir paredes y construir edificios durante la época colonial.
Su ubicación junto al río Uruguay no fue una casualidad. Cuando los caminos terrestres eran escasos, los ríos funcionaban como las principales vías de comunicación. Desde allí podían embarcarse materiales y trasladarlos hacia otros asentamientos.

El complejo contaba con hornos para producir cal, viviendas, depósitos, un oratorio, un cementerio y un embarcadero. También existían túneles que comunicaban algunos sectores con la costa del río.
Aquellas construcciones muestran que no se trataba de una explotación pequeña, sino de un establecimiento organizado que formaba parte de una extensa red económica y religiosa.
La expulsión de los jesuitas que cambió su destino
La historia del lugar sufrió un quiebre en 1767, cuando el rey Carlos III ordenó la expulsión de los jesuitas de los territorios de la Corona española.
Al año siguiente, una expedición encabezada por el gobernador del Río de la Plata, Francisco de Paula Bucarelli y Ursúa, avanzó sobre las misiones guaraníes para cumplir la orden real.

Tras la expulsión, la calera dejó de estar administrada por la orden religiosa. Sus tierras quedaron bajo control de las juntas de Temporalidades, instituciones encargadas de gestionar y vender los bienes que habían pertenecido a la Compañía de Jesús.
El establecimiento permaneció durante un período sin la actividad de sus primeros años, aunque posteriormente volvería a convertirse en un importante centro productivo.
Manuel Barquín, el hombre que le dio su nombre
En 1778, el comerciante Manuel Antonio Barquín compró la antigua propiedad jesuítica y reactivó la producción. Desde entonces, el establecimiento comenzó a ser conocido como Calera de Barquín.
La cal obtenida era colocada en sacos y enviada por vía fluvial hacia Buenos Aires y Montevideo. Este material habría resultado fundamental para el crecimiento de ambas ciudades y para la construcción de edificios coloniales más grandes.
En el lugar trabajaron indígenas, empleados y personas africanas esclavizadas, una dimensión indispensable para comprender la dureza del sistema productivo de aquel período.
Alrededor de la explotación también se desarrollaron viviendas, sembrados, almacenes y espacios religiosos. La calera funcionaba prácticamente como una pequeña comunidad organizada junto al río.
El proyecto de una colonia británica que no prosperó
Después de la muerte de Barquín, el establecimiento atravesó nuevos períodos de abandono. En 1825, su hija Bárbara intentó recuperar la actividad mediante un acuerdo con una compañía británica.
El proyecto buscaba instalar alrededor de 50 colonos británicos, quienes se dedicarían principalmente al cultivo de trigo y a la molienda. Sin embargo, la inestabilidad política y los conflictos regionales impidieron que la iniciativa prosperara.

El lugar también fue utilizado estratégicamente por distintas fuerzas militares. Su cercanía con el río y la existencia de un puerto natural lo convirtieron en un punto relevante durante las guerras y disputas que atravesaron la región.
Tiempo después, las tierras estuvieron vinculadas con Justo José de Urquiza. Durante el siglo XX, además, una empresa instaló allí una cantera para extraer y lavar ripio, modificando parte del paisaje histórico.
De centro productivo a patrimonio protegido
La explotación continuó hasta poco antes de la creación del Parque Nacional El Palmar, establecido en 1966 para proteger los palmares de yatay y los ambientes naturales de la región.
En la actualidad, las antiguas construcciones forman parte del patrimonio histórico y arqueológico del parque. Los visitantes pueden observar restos de muros, hornos y otras estructuras que ayudan a reconstruir las distintas etapas del establecimiento.
Para conocerlas es necesario ingresar al parque por la Ruta Nacional 14, a la altura del kilómetro 198, cerca de Ubajay. Antes de viajar, se recomienda consultar el estado de los caminos y las condiciones de acceso.
Caminar entre estos muros significa acercarse a más de 370 años de historia entrerriana. La Calera de Barquín fue establecimiento jesuítico, centro industrial, puerto, residencia, puesto militar y cantera. Hoy, rodeada por palmeras y frente al río Uruguay, permanece como uno de los secretos históricos mejor conservados del litoral argentino.




















