
Actualmente, resulta difícil hablar de la ganadería argentina sin mencionar al Angus. Su pelaje negro o colorado, la ausencia natural de cuernos y la calidad de su carne lo convirtieron en una presencia habitual en los campos del país.
Sin embargo, su historia nacional comenzó con apenas tres animales provenientes de Escocia. En 1879, el estanciero Carlos Francisco Guerrero Cueto decidió importar un toro y dos vaquillonas de la raza Aberdeen Angus.
Los ejemplares se llamaban Virtuoso, Aunt Lee y Cinderella. Su llegada marcó el inicio documentado de una transformación genética que se extendería durante casi un siglo y medio. En la actualidad, más de la mitad de la población bovina argentina es Angus y, al considerar sus cruzas, la influencia de la raza supera el 70% del rodeo nacional.
Los tres animales que llegaron desde Escocia
Guerrero Cueto tenía 32 años cuando trasladó los animales hasta su establecimiento de la provincia de Buenos Aires, ubicado en la zona de General Madariaga. Allí comenzó uno de los capítulos más importantes de la producción agropecuaria nacional.

Aunque existen antecedentes de ejemplares ingresados en 1875 y 1876, los animales de Guerrero fueron los primeros que quedaron registrados oficialmente con su correspondiente pedigrí. Por ese motivo, 1879 es considerado el punto de partida histórico del Angus argentino.
La elección respondía a las características productivas de la raza. En Escocia, estos bovinos eran reconocidos por su rusticidad, adaptación al clima y capacidad para producir carne de calidad.
Los llamaban “animales de jardín”
El recibimiento inicial estuvo lejos de ser favorable. Muchos productores argentinos estaban acostumbrados a bovinos de mayor tamaño y desconfiaban de aquellos animales compactos, oscuros y sin cuernos.
Algunos llegaron a calificarlos como “animales de jardín”, debido a su tamaño. También sostenían que difícilmente podrían competir con otras razas utilizadas en la producción ganadera.

Pese a las críticas, Guerrero continuó apostando por su reproducción. Con el tiempo, el Angus demostró una notable capacidad para adaptarse a las condiciones de la llanura pampeana.
En 1881, apenas dos años después de su llegada, la raza participó en la Exposición Rural de Palermo. Aquella presentación ayudó a instalarla entre los criadores y funcionó como una vidriera para los animales que todavía eran vistos como una curiosidad extranjera.
La raza que cambió la ganadería argentina
Durante las décadas siguientes, nuevos productores incorporaron reproductores Angus y profundizaron la selección genética. En 1920 se fundó la Corporación Argentina de Aberdeen Angus, institución que posteriormente se convirtió en la Asociación Argentina de AnGus.
La raza comenzó a destacarse por su fertilidad, facilidad de parto, adaptación y calidad carnicera. El mejoramiento permitió obtener animales con un crecimiento eficiente y cortes valorados tanto en el mercado interno como en la exportación.

Según la Asociación Argentina de AnGus, más del 50% de los bovinos del país pertenece a esta raza. Si se incluyen los cruzamientos, su influencia genética supera el 70% de las cabezas.
De tres ejemplares a millones de animales
La decisión tomada en 1879 también originó una extensa tradición familiar. Seis generaciones después, los descendientes de Guerrero continúan vinculados con la cría y el mejoramiento genético desde la cabaña Charles de Guerrero.
El establecimiento trabaja con aproximadamente 200 vacas de pedigrí, 300 ejemplares Puros Controlados y cerca de 2.000 madres, dentro de un programa orientado a mejorar la eficiencia productiva y la calidad de carne.
Lo que comenzó con un toro y dos vaquillonas escocesas terminó influyendo en millones de animales. Casi 150 años después, la raza que fue recibida con incredulidad ocupa un lugar central en la ganadería y conserva, en buena parte de la carne argentina, la huella de aquellos tres ejemplares llegados en 1879.





















