
A comienzos del siglo XX, cuando la Argentina buscaba consolidar su presencia en la Patagonia, un grupo de familias procedentes del sur de África protagonizó una de las migraciones más sorprendentes de la historia nacional.
Eran los bóeres, descendientes principalmente de colonos neerlandeses, alemanes y franceses que habían sido derrotados por el Imperio británico durante la Segunda Guerra Anglo-Bóer, desarrollada entre 1899 y 1902.
El 4 de junio de 1902, las primeras cuatro familias llegaron a las costas de Comodoro Rivadavia a bordo del transporte nacional 1º de Mayo. Viajaban acompañadas por Louis Baumann, uno de los representantes que había intervenido en la búsqueda de tierras para establecer una colonia bóer en la Patagonia.
Aquel pequeño grupo fue el punto de partida de una comunidad cuyos descendientes todavía conservan apellidos, recetas, celebraciones religiosas y algunas palabras en afrikáans.
Por qué los bóeres eligieron comenzar una nueva vida en Argentina
La guerra contra el Imperio británico había dejado campos destruidos, viviendas incendiadas y miles de familias desplazadas. Tras la derrota de las repúblicas bóeres del Transvaal y el Estado Libre de Orange, una parte de la población decidió abandonar el sur de África.
La Argentina apareció como un destino posible. El país necesitaba familias con experiencia rural para poblar la Patagonia y ofrecía tierras en una región que todavía contaba con escasa infraestructura.

Antes de la llegada de los colonos, Louis Baumann y Camillo Ricchiardi recorrieron distintos sectores patagónicos. Finalmente eligieron campos cercanos a Comodoro Rivadavia, una localidad fundada apenas un año antes.
El gobierno de Julio Argentino Roca, con la intervención del ministro de Agricultura Wenceslao Escalante, autorizó la entrega de tierras. El asentamiento recibió el nombre de Colonia Escalante.
Llegaron con carros de bueyes y debieron empezar desde cero
Después del primer desembarco de 1902 llegaron nuevos contingentes, especialmente en 1903, 1905 y 1907. Los inmigrantes transportaron pertenencias, herramientas agrícolas y carros similares a los que utilizaban en África.
Su adaptación fue difícil. La estepa patagónica los recibió con fuertes vientos, inviernos rigurosos, enormes distancias y una preocupante escasez de agua. Los recién llegados tuvieron que abrir caminos, construir viviendas y organizar establecimientos ganaderos prácticamente desde cero.

Con el paso de los años se distribuyeron por Manantiales Behr, Pampa Salamanca, Pampa del Castillo, Puerto Visser, Sarmiento y Río Chico. Algunos parajes incluso conservaron los nombres de las familias que participaron en la colonización.
La ganadería ovina se convirtió en una de sus principales actividades. Su experiencia en territorios secos les permitió adaptarse gradualmente, aunque muchas familias debieron enfrentar pérdidas económicas y condiciones ambientales extremas.
El petróleo transformó el futuro de la colonia
La vida de la región cambió definitivamente en 1907, cuando una perforación que buscaba agua encontró petróleo en Comodoro Rivadavia.
El descubrimiento impulsó la llegada de trabajadores, empresas y nueva infraestructura. Algunos descendientes de los colonos continuaron dedicándose al campo, mientras que otros se incorporaron a las actividades relacionadas con los yacimientos petroleros.
Así, la comunidad bóer quedó vinculada a las dos grandes actividades que marcaron el crecimiento del sur de Chubut: la producción ganadera y la explotación de hidrocarburos.
La comunidad que todavía conserva el afrikáans en la Patagonia
Más de un siglo después, miles de argentinos reconocen raíces bóeres. La mayor concentración de descendientes se encuentra en Comodoro Rivadavia y sus alrededores, donde continúan realizándose encuentros comunitarios y ceremonias religiosas.
Uno de los rasgos más llamativos es la conservación del afrikáans, idioma originado a partir del neerlandés hablado por los colonos europeos del sur de África. Aunque su uso disminuyó con las nuevas generaciones, algunas familias todavía recuerdan expresiones, canciones y oraciones transmitidas por sus antepasados.

También sobrevivieron recetas tradicionales, relatos familiares y prácticas vinculadas con el protestantismo calvinista. Con el tiempo, aquella identidad se mezcló con las costumbres criollas y patagónicas.
Una historia que conectó Sudáfrica con el sur argentino
Las primeras cuatro familias llegaron a una región con pocos caminos, casi ninguna infraestructura y graves dificultades para conseguir agua. Atrás habían dejado una guerra y un territorio dominado por el Imperio británico.
Delante encontraron una estepa inmensa donde tuvieron que reconstruir sus vidas. Aquella migración, poco conocida fuera de Chubut, terminó uniendo dos regiones separadas por miles de kilómetros.
Hoy, los apellidos, las antiguas estancias y las palabras en afrikáans que todavía sobreviven en la Patagonia recuerdan la historia de una comunidad africana que cruzó el Atlántico y terminó convirtiéndose en una parte singular de la identidad argentina.





















