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Fue uno de los ingenios más grandes de Sudamérica, quedó en ruinas tras su cierre y hoy guarda una historia que pocos conocen

En el sur de Tucumán sobreviven los restos del Ingenio Santa Ana, una fábrica que llegó a emplear a miles de personas y transformó por completo la región. Su cierre provocó desempleo, migraciones y una herida que todavía permanece en la memoria del pueblo.

Ingenio Santa Ana
Quedó en ruinas tras su cierre y hoy guarda una historia que pocos conocen Foto: Comunicación Tucumán
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Entre árboles, caminos rurales y antiguos campos de caña de azúcar aparecen las paredes de un gigante industrial argentino. Durante décadas, el Ingenio Santa Ana fue el centro económico y social de una extensa zona de Tucumán.

En torno a la fábrica se construyeron viviendas, comercios y espacios comunitarios. Sin embargo, aquel mundo se derrumbó durante la década de 1960. El cierre del establecimiento dejó estructuras vacías y obligó a cientos de familias a buscar un nuevo destino.

El lugar de Tucumán que creció alrededor de una fábrica

La historia del ingenio comenzó en 1889, cuando el empresario francés Clodomiro Hileret adquirió unas 27.000 hectáreas de la estancia Santa Ana. Allí instaló un complejo azucarero que llegó a ser considerado uno de los establecimientos más importantes del país.

Hileret había llegado a la Argentina siendo joven y encontró en la expansión azucarera tucumana una gran oportunidad. Su proyecto más ambicioso fue la construcción de este establecimiento en el departamento de Río Chico.

Ingenio Santa Ana
Su cierre provocó desempleo, migraciones y una herida que todavía permanece en el pueblo Foto: Acontecimientos Aguilares

El complejo no era solamente una fábrica. Tenía plantaciones, depósitos, talleres, edificios administrativos y vías para trasladar la producción. A su alrededor nació una población cuya vida dependía directamente de cada zafra.

En su época de esplendor, Santa Ana empleaba a alrededor de 1.800 personas, cultivaba unas 1.500 hectáreas de caña y producía millones de kilos de azúcar y litros de alcohol cada año.

Cómo era la vida durante los años de esplendor

La rutina del pueblo estaba marcada por la sirena de la fábrica. Su sonido anunciaba el comienzo y el final de las jornadas laborales, mientras trabajadores, carros y cargamentos recorrían constantemente la zona.

Ingenio Santa Ana
Fue uno de los ingenios más grandes de Sudamérica Foto: Facebook / Miguel Corbalan Norniella

Santa Ana funcionaba como una verdadera ciudad industrial. Allí convivían propietarios, administradores, técnicos, empleados y obreros. El ingenio brindaba trabajo y sostenía buena parte de la actividad comercial, aunque también concentraba un enorme poder sobre la vida de sus habitantes.

Alrededor de estas fábricas tucumanas surgieron numerosas historias populares. Una de las más conocidas fue la leyenda del Familiar, una criatura representada como un gigantesco perro negro que, según el mito, garantizaba la prosperidad del ingenio a cambio de la vida de un trabajador.

La crisis que cambió el destino de Santa Ana

Durante la década de 1930 comenzaron los problemas financieros. En 1932, el establecimiento quedó bajo la administración del Banco de la Nación Argentina, pero los distintos intentos de reorganización no lograron devolverle una estabilidad definitiva.

En 1957, el ingenio pasó a manos de la provincia de Tucumán. Las deudas, los costos operativos y la sobreproducción de azúcar profundizaron la crisis.

Ingenio Santa Ana
En el sur de Tucumán sobreviven los restos del Ingenio Santa Ana, una fábrica que llegó a emplear a miles de personas Foto: Facebook / Miguel Corbalan Norniella

A comienzos de 1963, las autoridades decretaron el cierre. Los trabajadores respondieron ocupando las instalaciones y reclamando la continuidad de la molienda. También se intentó distribuir tierras y crear una sociedad integrada por obreros, empleados y productores cañeros.

El proyecto quedó atravesado por dificultades económicas y conflictos sindicales. Las diferencias sobre el reparto de las parcelas y la reincorporación de los trabajadores impidieron alcanzar una solución duradera.

El cierre definitivo que dejó al pueblo en silencio

La actividad productiva cesó hacia mediados de la década y la clausura definitiva llegó en agosto de 1966, durante el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía.

El cierre de Santa Ana formó parte de una política que afectó a numerosos ingenios tucumanos. Para la localidad, la medida representó mucho más que la desaparición de una fábrica: significó perder el principal motor de trabajo y organización social.

Cientos de familias abandonaron la provincia y se dirigieron hacia Buenos Aires, Rosario y Córdoba en busca de nuevas oportunidades. Años después se instaló cerca del pueblo una fábrica de calzado, pero el emprendimiento nunca logró reemplazar completamente el papel del antiguo ingenio.

Qué queda hoy del gigante azucarero

Del enorme establecimiento sobreviven algunos edificios, paredes y sectores administrativos. Gran parte de las máquinas, chimeneas e instalaciones desaparecieron con el paso del tiempo.

La localidad, sin embargo, continúa habitada y mantiene viva su memoria mediante fotografías, documentos y relatos de antiguos trabajadores. Ubicadas a unos 100 kilómetros de San Miguel de Tucumán, las ruinas recuerdan una de las transformaciones sociales más profundas de la provincia.

Santa Ana no es solamente una fábrica abandonada. Es la evidencia de cómo una industria puede determinar el nacimiento, el crecimiento y la caída de una comunidad. Sus paredes ya no producen azúcar, pero todavía conservan las huellas de miles de personas que construyeron allí sus hogares, sus familias y su futuro.

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