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168 años atrás, Argentina trajo semillas de eucalipto para transformar la pampa: hoy el árbol australiano forma parte del paisaje de casi todo el país

Domingo Faustino Sarmiento impulsó la llegada de las primeras semillas para forestar la pampa. Aquella iniciativa terminó transformando el paisaje argentino.

Árboles de eucalipto
Las primeras semillas llegaron desde Australia en 1858 Foto: Argentina.gob.ar.
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A mediados del siglo XIX, gran parte de la llanura pampeana presentaba un aspecto muy diferente al actual. Había pocos árboles altos, los vientos atravesaban los campos sin obstáculos y la madera era un recurso difícil de conseguir para numerosas poblaciones rurales.

En ese escenario apareció una especie capaz de crecer rápidamente, ofrecer sombra y adaptarse a distintos ambientes. No era originaria de Sudamérica: había llegado desde Australia en forma de pequeñas semillas.

La iniciativa quedó vinculada con Domingo Faustino Sarmiento, quien consideraba la forestación como una herramienta para modernizar el territorio. En 1858 promovió la introducción de semillas de Eucalyptus globulus, una variedad valorada por su velocidad de crecimiento y su resistencia.

La decisión tuvo consecuencias inesperadas. En pocas décadas, los eucaliptos comenzaron a multiplicarse alrededor de estancias, viviendas, escuelas, estaciones ferroviarias y caminos. Así, el árbol australiano terminó convertido en una imagen habitual del paisaje argentino.

Sarmiento y el proyecto para cubrir de árboles la pampa

Durante sus viajes por Europa y América, Sarmiento había conocido diferentes proyectos educativos, productivos y forestales. Para el dirigente sanjuanino, plantar árboles no era solamente una cuestión ornamental: también permitía proteger las viviendas, frenar los vientos y obtener madera.

Las primeras semillas fueron entregadas al encargado de las plantaciones de la estancia San Juan, perteneciente a Leonardo Pereyra. Un acta confeccionada en 1875 dejó asentado que Sarmiento las había proporcionado en 1858 y que procedían de Australia.

Árboles de eucalipto
Sarmiento impulsó la llegada del eucalipto al país Foto: Argentina.gob.ar.

Los ejemplares se desarrollaron rápidamente. Para 1866, desde aquel establecimiento se habían enviado alrededor de 1.000 árboles a los campos de Vicente Casares, en Cañuelas.

Durante la década siguiente, la especie ya se encontraba en diferentes zonas bonaerenses. Su expansión tenía una explicación concreta: crecía más rápido que numerosas especies nativas, alcanzaba una gran altura y podía plantarse en extensas hileras.

En los establecimientos rurales, los eucaliptos funcionaron como cortinas contra el viento. También brindaban reparo al ganado, protegían los cultivos y proporcionaban sombra cerca de las viviendas.

De las estancias a las estaciones ferroviarias

La multiplicación del eucalipto coincidió con la expansión de los ferrocarriles y la fundación de nuevos pueblos. En las estaciones, los árboles ofrecían sombra a trabajadores y pasajeros. En los campos, marcaban caminos de entrada y rodeaban los cascos de estancia.

Las avenidas rurales bordeadas de árboles, actualmente consideradas una postal tradicional de Argentina, fueron parte de una profunda transformación iniciada durante el siglo XIX.

La difusión resultó tan veloz que, en aproximadamente tres décadas, especialistas forestales llegaron a describir al país como una “segunda Australia” por la cantidad de montes de eucaliptos.

La especie tampoco quedó limitada a la región pampeana. Distintas variedades lograron adaptarse a numerosas zonas del territorio. Con el paso del tiempo, su madera comenzó a utilizarse para fabricar postes, pisos, muebles, tableros y pasta de celulosa.

El árbol que prometía mejorar la salud de las ciudades

Durante el siglo XIX se creía que varias enfermedades eran provocadas por emanaciones provenientes de aguas estancadas y terrenos pantanosos. En ese contexto, el elevado consumo de agua del eucalipto alimentó la idea de que podía ayudar a sanear espacios húmedos.

Por esa razón, también fue plantado en terrenos bajos y lugares donde se buscaba reducir los charcos. Su aroma reforzó la creencia de que podía “purificar” el aire, aunque aquellas interpretaciones respondían a los conocimientos médicos de la época.

Con el avance de la ciencia, muchas de esas ideas fueron abandonadas. Sin embargo, el árbol mantuvo su importancia económica. Desde mediados del siglo XX, las plantaciones comerciales comenzaron a expandirse para abastecer diferentes actividades industriales.

Las semillas que cambiaron el paisaje argentino

Más de un siglo y medio después, resulta difícil imaginar algunos caminos rurales sin sus extensas hileras de eucaliptos. Muchos ejemplares todavía se levantan junto a antiguas estaciones, escuelas, galpones y viviendas.

Su historia demuestra que los paisajes también son el resultado de decisiones políticas, productivas y culturales. Lo que hoy parece una presencia natural comenzó con un paquete de semillas procedente del otro extremo del mundo.

En 1858, Sarmiento apostó por un árbol extranjero para cubrir de sombra la llanura. Décadas más tarde, aquella experiencia había superado las primeras estancias y alcanzado diferentes regiones.

Actualmente, detrás de cada hilera que aparece sobre el horizonte permanece una historia poco conocida: la de las semillas australianas que llegaron durante el siglo XIX y transformaron para siempre una parte del paisaje argentino.

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