
A miles de kilómetros de la Argentina, una casa conserva el capítulo final de José de San Martín. Está ubicada en Boulogne-sur-Mer, una ciudad portuaria del norte de Francia, y fue la última residencia del Libertador.
El inmueble se encuentra en el 113 de la Grande Rue, aunque antiguamente llevaba el número 105. San Martín ocupó el segundo piso junto con su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce y sus nietas. Allí murió el 17 de agosto de 1850.
La propiedad guarda una conexión inesperada con la Argentina: fue comprada gracias a una campaña en la que participaron escuelas de todo el país.
Por qué San Martín eligió Boulogne-sur-Mer
San Martín llegó a la ciudad en junio de 1848, cuando París atravesaba una profunda crisis política. Buscaba tranquilidad y también evaluaba trasladarse a Inglaterra, ubicada al otro lado del canal de la Mancha.

Su salud estaba debilitada. Padecía problemas gástricos, reumatismo, gota, asma y dificultades visuales. El doctor Gérard, dueño de la residencia, le ofreció ocupar el segundo piso.
El médico lo describió como un hombre culto, amable y atento a la realidad internacional. Además de castellano, el Libertador hablaba francés, inglés e italiano.
Cómo es la casa donde murió el Libertador
La Casa Museo del General San Martín tiene tres plantas y conserva habitaciones, muebles, cuadros, uniformes, armas y objetos relacionados con el prócer.
No se trata de una reconstrucción: es la residencia original en la que San Martín pasó sus últimos años. Su espacio más emotivo es la habitación donde murió, acompañado por su familia.

Durante su estadía, acostumbraba caminar por el jardín de Tintelleries y las orillas del río Liane. También recorría un antiguo campamento relacionado con Napoleón Bonaparte, a quien admiraba como estratega militar.
La colecta de las escuelas argentinas que permitió comprarla
La preservación de la casa comenzó a tomar forma varias décadas después de la muerte de San Martín. En abril de 1926, el ministro plenipotenciario Federico Álvarez de Toledo adquirió el inmueble, en representación del Estado argentino, por 400.000 francos.
El origen del dinero fue especialmente simbólico: los fondos se obtuvieron mediante una suscripción realizada en escuelas argentinas. De esta manera, estudiantes de distintos puntos del país colaboraron con la conservación del lugar donde había muerto el Libertador.

El primer conservador del museo fue Julio Bambillo, quien asumió esa función en 1928. El edificio también funcionó como sede del consulado argentino hasta 1966 y, posteriormente, quedó dedicado principalmente a la conservación histórica y a la recepción de visitantes.
En la actualidad, la custodia y divulgación del museo continúan vinculadas al Regimiento de Granaderos a Caballo. Desde agosto de 2025, el suboficial principal Rubén Torres fue destinado a Boulogne-sur-Mer para conservar la residencia, recibir al público y explicar los últimos años del general. Su misión se extenderá hasta agosto de 2027.
Otros rincones de Boulogne-sur-Mer que recuerdan al Libertador
La casa no es el único punto sanmartiniano de la ciudad francesa. Sobre la avenida costera se encuentra un monumento ecuestre realizado por el escultor Henri Allouard e inaugurado el 24 de octubre de 1909. Fue el primer monumento europeo levantado en homenaje al prócer argentino.
La obra se volvió célebre por haber sobrevivido a los intensos bombardeos sufridos por Boulogne-sur-Mer durante la Segunda Guerra Mundial. La ciudad fue atacada centenares de veces debido a su posición estratégica sobre el canal de la Mancha, pero la estatua permaneció en pie con daños menores.

Otro sitio fundamental es la cripta de la catedral local, donde los restos de San Martín permanecieron durante once años antes de ser trasladados al cementerio de Brunoy. Décadas más tarde, en 1880, fueron repatriados a la Argentina.
La casa de la Grande Rue representa, así, mucho más que el escenario de una muerte. Es el testimonio del último período de un hombre que vivió lejos de su país, pero nunca permaneció ajeno a su destino. Entre habitaciones silenciosas, antiguas escaleras y recuerdos familiares, Boulogne-sur-Mer conserva uno de los fragmentos más íntimos de la historia argentina.



















