
En una esquina de la provincia de Buenos Aires, rodeada por campos y caminos cercanos al río Luján, permanece una construcción que parece detenida en el tiempo.
Es la Pulpería de Cacho Di Catarina, un histórico establecimiento situado en las afueras de Mercedes. Abrió sus puertas en 1830, cuando la Argentina todavía se encontraba en plena organización y viajar por la campaña podía demandar varios días.
Casi dos siglos después, el lugar mantiene su identidad y se convirtió en un verdadero testimonio de la vida rural bonaerense.
Una pulpería nacida cuando la Argentina todavía estaba formándose
Cuando comenzó a funcionar, solamente habían pasado 14 años desde la Declaración de la Independencia. La Constitución Nacional de 1853 todavía estaba lejos y gran parte del territorio bonaerense estaba compuesto por estancias, fortines y pequeños poblados.

En ese contexto, las pulperías eran indispensables. No funcionaban únicamente como comercios: también eran bares, postas, centros de reunión y espacios donde circulaban las noticias.
En sus estantes podían encontrarse alimentos, velas, herramientas, telas, tabaco, bebidas y remedios. Por sus puertas pasaban gauchos, peones, arrieros, soldados y viajeros que necesitaban descansar o abastecerse antes de continuar el camino.
El punto de encuentro de gauchos y viajeros
Durante el siglo XIX, entrar a una pulpería significaba acceder a uno de los pocos espacios comunitarios de la campaña.
Alrededor del mostrador se compartían noticias, se cerraban negocios y se organizaban partidas de naipes. También aparecían las guitarras y las payadas, en las que los participantes improvisaban versos sobre acontecimientos políticos, amores o injusticias.
El pulpero era mucho más que un comerciante. Fiaba mercadería, anotaba deudas y transmitía información entre habitantes separados por grandes distancias.
La pulpería cercana a Mercedes logró sobrevivir mientras muchos establecimientos similares desaparecieron con la llegada del ferrocarril, el crecimiento de las ciudades y los nuevos hábitos comerciales.
La familia que mantuvo intacto su legado
Desde 1910, la familia Di Catarina quedó vinculada con el establecimiento. Uno de sus integrantes más recordados fue Edgardo “Cacho” Di Catarina, conocido como “el último pulpero”.
Cacho falleció en 2009, pero sus familiares continuaron con una misión precisa: preservar el lugar sin borrar las huellas del pasado.

En su interior todavía pueden observarse antiguas botellas, alacenas, fotografías, utensilios y artículos camperos. Su importancia radica en que no se trata de una recreación moderna: es una pulpería histórica que atravesó distintas generaciones.
La cocina también forma parte de esa memoria. El locro, el pastel de papas y las tradicionales empanadas mantienen vigentes sabores asociados con las reuniones rurales y las recetas familiares.
Un viaje al pasado a 100 kilómetros de Buenos Aires
La Pulpería de Cacho Di Catarina se encuentra a unos 100 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, por lo que se transformó en un destino elegido para realizar escapadas de fin de semana.

Visitarla significa acercarse a una época sin rutas modernas, teléfonos ni medios de comunicación inmediatos. Entonces, una pulpería podía ser el único refugio disponible después de varias horas de viaje por la pampa.
Casi 200 años después de su apertura, el antiguo mostrador continúa recordando que la historia argentina no solo permanece en documentos y museos. También sobrevive en pequeños establecimientos rurales, recetas transmitidas entre generaciones y objetos cotidianos que lograron resistir el paso del tiempo.




















