
Mucho antes de que la Patagonia se convirtiera en sinónimo de grandes majadas, la Argentina impulsó un experimento productivo. En 1826 llegaron al país las primeras cabras de Angora, una raza originaria de Asia Menor cuyo pelo largo, brillante y resistente permite obtener mohair, una fibra destinada a prendas y tejidos de alto valor.
La introducción ocurrió durante la presidencia de Bernardino Rivadavia, cuando el joven país buscaba diversificar una economía dominada por el ganado vacuno, los cueros y el comercio portuario. Aquellos animales representaban una promesa: producir localmente una materia prima apreciada en Europa y abrir una actividad capaz de sumar ingresos al campo argentino.
De Asia Menor a los campos de Chacarita
El nombre Angora proviene de la antigua denominación de Ankara, actual capital de Turquía. Durante siglos, la región fue reconocida por animales de pelaje singular, entre ellos gatos, conejos y cabras. Estas últimas desarrollaban vellones blancos con rulos largos y un brillo característico, cualidad que convirtió al mohair en un producto codiciado.

Los primeros ejemplares introducidos en la Argentina fueron alojados en terrenos conocidos como los campos de los Padres, en Chacarita. Más tarde, parte del rodeo habría sido trasladada al establecimiento Rincón de San Ginés, en Mercedes. Sin embargo, la humedad bonaerense no ofrecía las mejores condiciones para una raza adaptada a ambientes secos.
La Patagonia encontró el ambiente ideal
Con el tiempo, la raza se afianzó en Neuquén, Río Negro y Chubut, especialmente en áreas áridas y semiáridas. Allí pudo aprovechar arbustos y pastizales de baja productividad que resultaban insuficientes para otras especies. Su rusticidad la volvió valiosa para familias rurales asentadas lejos de los principales centros urbanos.
El manejo, sin embargo, nunca fue sencillo. Las cabras de Angora son vulnerables después de la esquila y pueden sufrir ante lluvias intensas, nevadas o descensos repentinos de temperatura. Además, la calidad del vellón depende de la alimentación, la edad, la genética, la sanidad y el momento en que se realiza cada esquila.
El mohair se diferencia de la lana ovina por su brillo, suavidad, elasticidad y capacidad para recibir tinturas. Se utiliza en abrigos, bufandas, mantas, tapicería y mezclas textiles de alta gama. Las fibras más finas provienen de animales jóvenes y alcanzan una mayor valoración comercial.
El impulso decisivo del INTA
Un capítulo fundamental comenzó en 1962, cuando el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria importó desde Texas 21 hembras y tres machos. Ese núcleo permitió reforzar el mejoramiento genético y estudiar características como el peso del vellón, la finura, la longitud de la mecha y la adaptación al ambiente.
Décadas después, el trabajo técnico se complementó con la organización de productores. El Programa Mohair, consolidado desde fines de los años noventa, promovió capacitación, clasificación de fibras, selección genética, centros de acopio y ventas conjuntas. Al reunir los vellones, acondicionarlos y ofrecer lotes uniformes, las familias mejoraron su capacidad de negociación.

Esa experiencia también aportó antecedentes para políticas destinadas al sector caprino nacional. No se trataba solamente de obtener más fibra, sino de asegurar calidad, trazabilidad y mejores condiciones comerciales para establecimientos pequeños, muchas veces ubicados en parajes aislados.
Una apuesta de 1826 que continúa viva
Casi dos siglos después de aquella introducción, la cabra de Angora sigue integrada al paisaje patagónico. Su producción enfrenta sequías, depredadores, costos logísticos, fluctuaciones internacionales y el desafío del recambio generacional. Aun así, conserva relevancia económica, cultural y social.
La historia revela una paradoja: el proyecto nació cerca de Buenos Aires, pero prosperó a más de mil kilómetros, en un territorio que entonces permanecía fuera del control efectivo del Gobierno central. Lo que comenzó como una importación experimental terminó transformándose en un recurso para comunidades rurales y en un vínculo inesperado entre la Patagonia y la industria textil internacional.
Aquellas cabras asiáticas no cambiaron la economía argentina de un día para otro. Sin embargo, dejaron una huella persistente: una fibra de lujo, un saber transmitido durante generaciones y una actividad que, 200 años después, todavía busca conquistar los mercados más exigentes del mundo.





















