A simple vista parece un pasto más. Crece junto a rutas, avanza sobre terrenos abandonados y aparece entre cultivos de soja, maíz, girasol y algodón. Sin embargo, debajo de la superficie esconde una extensa red de rizomas que le permite sobrevivir, multiplicarse y volver a brotar después de numerosos intentos por eliminarlo.
Se trata del sorgo de Alepo, cuyo nombre científico es Sorghum halepense. Aunque actualmente es reconocido como una de las malezas más problemáticas del agro, su llegada y expansión inicial en la Argentina estuvieron vinculadas con una intención completamente diferente: conseguir una planta resistente, abundante y económica para alimentar al ganado.
La especie fue introducida y difundida a comienzos del siglo XX debido a su aptitud forrajera. La planta llegó incluso a ser recomendada antes de que se comprendiera su enorme potencial invasor.
Una planta extranjera que parecía ideal para el campo argentino
El sorgo de Alepo es una gramínea perenne originaria de regiones cálidas del Viejo Mundo. Su nombre remite a Alepo, la histórica ciudad siria, aunque distintos estudios ubicaron su origen en áreas de África y Asia.

Para la Argentina de principios del siglo XX, atravesada por una fuerte expansión agrícola y ganadera, sus características resultaban atractivas. La planta producía abundante materia vegetal, soportaba períodos adversos y reaparecía después del invierno.
Pero las mismas cualidades que despertaron interés terminaron convirtiéndola en una amenaza. No solo se reproduce mediante semillas: también desarrolla rizomas subterráneos capaces de generar nuevos brotes. Cada fragmento desplazado por una herramienta agrícola puede originar otra planta y abrir un nuevo foco de invasión.
De forraje recomendado a plaga nacional en pocas décadas
El cambio de percepción fue rápido. A medida que avanzaba sobre los campos, los agricultores comprobaron que el sorgo de Alepo competía con los cultivos por agua, luz, espacio y nutrientes.
En 1930, el Estado argentino lo declaró plaga de la agricultura. Apenas unas décadas antes había sido promocionado como un valioso recurso forrajero. La expansión siguió y, en 1951, se prohibieron su siembra y multiplicación en todo el país. Para entonces, sin embargo, la planta ya estaba ampliamente distribuida.
La decisión oficial llegó tarde para detenerla. El sorgo de Alepo había colonizado ambientes agrícolas de la región pampeana, el nordeste, el noroeste, Cuyo y diferentes valles irrigados.
El secreto que esconde debajo de la tierra
La fortaleza de la especie no se encuentra únicamente en la parte visible. Sus tallos pueden alcanzar una altura considerable, pero bajo el suelo desarrolla rizomas vigorosos cargados de reservas. Esa estructura le permite atravesar períodos desfavorables y rebrotar cuando regresan las temperaturas adecuadas.
Además, sus semillas pueden dispersarse por el agua de riego, el viento, los animales y la maquinaria. Una infestación localizada puede trasladarse así hacia campos vecinos y establecerse lejos de la planta original. Las tareas agrícolas, paradójicamente, también pueden cortar y distribuir rizomas, facilitando una propagación involuntaria.
Cuando los herbicidas dejaron de ser suficientes
Durante años, el control químico redujo su presencia en numerosos establecimientos. Sin embargo, el uso repetido de los mismos principios activos abrió una nueva etapa: la aparición de poblaciones resistentes a herbicidas.
El sorgo de Alepo resistente al glifosato se transformó en uno de los ejemplos más conocidos de los problemas asociados con el manejo intensivo. Su control comenzó a exigir monitoreo constante, rotación de cultivos, tratamientos localizados, limpieza de maquinaria y eliminación temprana de cada foco.
Su historia resume una paradoja del desarrollo productivo argentino. Una planta llegada como promesa para alimentar al ganado terminó prohibida, declarada plaga y convertida en una amenaza persistente para los cultivos.
Más de un siglo después de su promoción, el sorgo de Alepo actualmente todavía continúa creciendo silenciosamente en los campos. Lo que sucede debajo de la tierra explica por qué aquella antigua solución forrajera todavía representa uno de los mayores desafíos para la agricultura nacional.

















