
Durante 24 años, un grupo de científicos siguió las huellas de un fenómeno casi invisible en los ecosistemas de Chile: la transformación de la alimentación de los búhos frente a las sequías y los períodos de lluvias intensas. Lo que descubrieron permitió comprender cómo tres especies de aves rapaces nocturnas modificaron sus hábitos de caza ante la escasez de recursos.
La investigación, publicada en la revista científica Ecography y difundida por The Wildlife Society, analizó 16.932 egagrópilas, unas masas de restos no digeridos que las aves expulsan después de alimentarse. A partir de ellas, los especialistas reconstruyeron una compleja red alimentaria y detectaron cambios que podrían anticipar las consecuencias del cambio climático sobre otras especies.

De una sola presa a 74.993 opciones: los hallazgos del estudio científico sobre los búhos en Chile
El estudio se desarrolló entre 1990 y 2015 en el Parque Nacional Bosque Fray Jorge, ubicado en la región de Coquimbo. Durante ese período, los investigadores realizaron 229 muestreos mensuales en siete sitios utilizados por las aves para descansar.
El análisis permitió identificar 74.993 presas pertenecientes a 26 grupos taxonómicos, entre ellos mamíferos, insectos, aves, reptiles, anfibios y otros invertebrados.
Los científicos estudiaron tres especies que compartían el mismo territorio, pero tenían preferencias alimentarias diferentes:
- Búho cornudo (Bubo virginianus): presentó la dieta más variada, con pequeños mamíferos, escarabajos y escorpiones.
- Lechuza común americana (Tyto furcata): se alimentó principalmente de pequeños mamíferos.
- Búho excavador (Athene cunicularia): consumió mayormente artrópodos, como arañas, escarabajos y saltamontes.
Sin embargo, el descubrimiento más llamativo no estuvo relacionado únicamente con la cantidad de presas identificadas, sino con la manera en que estas aves cambiaron su alimentación cuando los recursos comenzaron a escasear.

En lugar de incorporar indiscriminadamente nuevas fuentes de alimento, los búhos tendieron a especializarse en determinadas presas. Así, las tres especies redujeron la coincidencia entre sus dietas, una estrategia que podría disminuir la competencia directa por los mismos recursos.
El cambio climático como motor de la evolución alimentaria en aves rapaces
Los resultados revelaron que las transformaciones alimentarias estuvieron estrechamente relacionadas con las variaciones climáticas registradas durante el período de estudio.
Los investigadores identificaron ciclos de entre 3 y 9 años, asociados con cambios en las precipitaciones y con fenómenos como El Niño y La Niña, capaces de modificar la disponibilidad de vegetación y pequeños animales.
Cuando las condiciones eran favorables, las redes alimentarias presentaban determinadas características de diversidad y coincidencia entre especies. Pero durante las etapas de escasez, los búhos ajustaban sus preferencias y concentraban su alimentación en recursos específicos.
Uno de los puntos más interesantes apareció después de 2003. A partir de entonces, la investigación detectó un cambio persistente en la estructura de la red alimentaria: disminuyeron los niveles elevados de coincidencia entre las dietas observados anteriormente, mientras aumentó la variedad total de especies de presas registradas.

Esto no significó que cada búho comenzara a comer de todo. Por el contrario, la red alimentaria incorporó nuevas presas mientras las especies mantenían patrones de mayor especialización.
La temperatura también apareció como uno de los factores más importantes para explicar los cambios de largo plazo, aunque los científicos advirtieron que la relación entre clima y alimentación no es automática ni lineal.
En este sentido, los resultados describen modificaciones en el comportamiento alimentario y en las interacciones ecológicas, pero no demuestran por sí solos una evolución genética de estas aves.
Parque Nacional Bosque Fray Jorge, un ecosistema afectado por las sequías
El escenario de esta investigación fue el Parque Nacional Bosque Fray Jorge, un área protegida del centro-norte de Chile caracterizada por su clima mediterráneo semiárido y sus contrastes ambientales.
La región recibe, en promedio, 125 milímetros de precipitaciones anuales, concentradas principalmente entre mayo y octubre. Además, atraviesa períodos de sequía que pueden extenderse entre dos y siete años, interrumpidos por temporadas excepcionalmente húmedas.

Estas oscilaciones influyen directamente en la vegetación y en las poblaciones de pequeños mamíferos e insectos, que constituyen una parte fundamental de la alimentación de las aves rapaces.
Para reconstruir lo ocurrido, los investigadores recurrieron a las egagrópilas, capaces de conservar huesos, pelos y fragmentos de insectos. Aunque este método presenta limitaciones para detectar animales grandes o parcialmente consumidos, permitió identificar tendencias alimentarias durante más de dos décadas.
Los resultados también plantearon una preocupación hacia el futuro: la aparente estabilidad de las relaciones entre depredadores y presas podría volverse más frágil frente a nuevas alteraciones climáticas.
“Nuestros hallazgos sugieren que las condiciones ambientales cambiantes están transformando las interacciones entre depredadores y presas”, afirmó Angéline Bertin, autora principal de la investigación y candidata a doctora de la Universidad de La Serena.
La especialista también señaló que comprender el efecto del clima y la disponibilidad de recursos “será fundamental para predecir la resiliencia de los ecosistemas”.
Después de 24 años de observaciones y miles de restos analizados, la investigación dejó una conclusión relevante: la supervivencia de estas aves no depende solamente de cuánto alimento encuentran, sino también de cómo modifican sus estrategias para aprovecharlo. Un equilibrio que las sequías y los cambios en las lluvias podrían seguir transformando.





















