
A pocas horas de Mar del Plata, en medio de la llanura bonaerense, existe un lugar donde el silencio parece tener memoria. Se llama Paso Mayor, pertenece al partido de Coronel Rosales y hoy es conocido como uno de los parajes abandonados más enigmáticos de la provincia de Buenos Aires. Aunque la zona ya casi no tiene habitantes, sus ruinas, su vieja estación ferroviaria y sus construcciones de adobe siguen contando una historia marcada por trenes, pulperías, inmigrantes y promesas religiosas.
Paso Mayor, el pueblo fantasma que nació antes que el tren
Mucho antes de transformarse en un paraje asociado al ferrocarril, Paso Mayor fue un punto estratégico para cruzar el río Sauce Grande. Según registros históricos, la zona era conocida como el Paso del Mayor Iturra, nombre que con el tiempo se acortó hasta convertirse en el actual Paso Mayor. Su importancia no era menor: durante años funcionó como un paso natural clave en una región donde cruzar el cauce del río podía definir el rumbo de viajeros, arreos y comerciantes.

En el siglo XIX, cuando la frontera bonaerense todavía estaba marcada por caminos de tierra, postas y largas travesías, apareció uno de los edificios más recordados del lugar: la Posta de Paso Mayor, también llamada Pulpería de Laporte. Allí paraban viajeros, se cambiaban caballos, se vendían bebidas, alimentos y mercadería, y también se realizaban intercambios comerciales con habitantes originarios de la región, especialmente cueros y pieles.
Aquella pulpería no era apenas un negocio rural. Era un punto de encuentro en plena campaña, una especie de refugio en un territorio áspero, donde las distancias se medían en jornadas y no en kilómetros. Algunas crónicas describen la construcción como una casona sólida, con barrotes, puertas resistentes y una bomba de agua en su interior, pensada para dar seguridad en tiempos difíciles.
El ferrocarril que cambió todo y después lo dejó vacío
El gran giro en la historia de Paso Mayor llegó con el Ferrocarril Rosario a Puerto Belgrano, una línea de capitales franceses que buscaba unir el sur santafesino y el oeste bonaerense con la zona portuaria de Puerto Belgrano. La empresa construyó una red de casi 800 kilómetros, con estaciones pensadas para conectar áreas rurales que hasta entonces estaban aisladas.

La Estación Paso Mayor fue habilitada a comienzos del siglo XX y quedó integrada al trazado ferroviario como una estación de importancia para pasajeros, encomiendas, cargas, telégrafo y hacienda. Su construcción finalizó en 1910, dentro de la expansión del Ferrocarril Rosario a Puerto Belgrano, y durante décadas fue el corazón del paraje.
Alrededor de la estación funcionaron viviendas para trabajadores ferroviarios, galpones cerealeros, espacios de maniobra, dependencias de servicio, un tanque de agua y un hidrante destinado a abastecer locomotoras a vapor. La vieja casa del jefe de estación incluso contaba con dormitorios, cocina, patio cerrado y dependencias, aunque no tenía instalación eléctrica: la iluminación se hacía con velas o lámparas de kerosene.
Pero la misma máquina que le dio vida también terminó marcando su final. Cuando el ramal perdió actividad y los servicios dejaron de pasar, Paso Mayor comenzó a vaciarse lentamente. El cierre de operaciones ferroviarias en la zona durante la década de 1970 provocó el éxodo de las familias que dependían directa o indirectamente del tren.
Ruinas, animales sueltos y una postal que parece de película
Hoy, Paso Mayor conserva una imagen que impacta a los visitantes: paredes abandonadas, viejas estructuras ferroviarias, restos de viviendas, pastizales altos y animales que circulan por el predio como si fueran los nuevos dueños del lugar. Patos, gallinas, ovejas, cerdos y otros animales fueron mencionados por viajeros que recorrieron la zona y encontraron un paisaje tan extraño como fascinante.

Ese contraste entre historia y abandono transformó al paraje en un destino buscado por fanáticos del turismo rural, la fotografía, la exploración ferroviaria y los llamados “pueblos fantasma”. A diferencia de otros sitios turísticos, Paso Mayor no ofrece una experiencia armada ni artificial: su atractivo está justamente en lo que quedó detenido, en lo que se desgastó con el tiempo y en lo que todavía resiste sin carteles luminosos ni multitudes.
Los Siete Puentes, una joya ferroviaria de más de un siglo
Muy cerca del paraje aparece otro protagonista de esta historia: los Siete Puentes de Paso Mayor, una imponente estructura ferroviaria construida para cruzar el río Sauce Grande. La obra fue finalizada en 1908 y se compone de siete secciones, seis de ellas con estructura tipo “jaula” y una abierta.
Durante décadas, estos puentes fueron parte del movimiento ferroviario que conectaba Rosario con el sudoeste bonaerense. El último servicio regular pasó por allí en 1977, y desde entonces la construcción quedó fuera de uso, aunque todavía se mantiene como una de las postales más llamativas de la zona.
En 2010, el Concejo Deliberante de Coronel Rosales declaró a los Siete Puentes como Patrimonio Arquitectónico, Histórico y Cultural del municipio, un reconocimiento clave para una obra que resume la ambición ferroviaria de principios del siglo XX.
El santuario rural que mantiene viva la memoria de Paso Mayor
Aunque el paraje quedó prácticamente despoblado, Paso Mayor conserva una fuerte identidad espiritual gracias al Santuario de la Madre y Reina del Pueblo, vinculado al Movimiento de Schönstatt. La historia religiosa del lugar se remonta a una comunidad de descendientes de alemanes del Volga que levantó una capilla dedicada a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo en 1922.
En 1952, el sacerdote José Kentenich, fundador del Movimiento de Schönstatt, regresó a Paso Mayor y entronizó la imagen de la Madre Tres Veces Admirable. Ese hecho convirtió a la pequeña capilla rural en un santuario de gran valor para los fieles, que todavía peregrinan hasta el lugar en distintas celebraciones.
La presencia del santuario le da al paraje una dimensión diferente: Paso Mayor no es solo un pueblo abandonado, también es un sitio de devoción, memoria familiar e identidad comunitaria. Allí conviven las ruinas del progreso ferroviario con la permanencia de una tradición religiosa que sigue convocando visitantes.






















