
Cada 2 de junio, Italia celebra la Fiesta de la República, la fecha que recuerda el referéndum de 1946 con el que el país dejó atrás la monarquía y eligió un sistema republicano. Pero en Buenos Aires, esa efeméride tiene una resonancia especial: en Marcelo T. de Alvear 1125 se levanta el Teatro Coliseo, un auditorio singular porque funciona en suelo argentino, aunque pertenece al gobierno italiano. Esa condición lo convierte en una rareza global y en una pieza única del vínculo histórico entre ambas naciones.
Lejos de ser apenas una curiosidad diplomática, el Coliseo resume como pocos lugares la relación entre Argentina e Italia. En sus salas convivieron la lírica, los grandes conciertos, la historia de la inmigración y hasta uno de los episodios fundacionales de la comunicación moderna en el país: desde su terraza salió al aire la primera transmisión radiofónica argentina. Por eso, hablar del Coliseo no es sólo hablar de un teatro: es narrar una parte crucial de la identidad cultural porteña.
Por qué el Teatro Coliseo es único en el mundo
El valor del Coliseo no se explica únicamente por su cartelera o por su ubicación frente a Plaza Libertad. Su excepcionalidad radica en que es el teatro de propiedad del Estado italiano en el extranjero más grande del mundo, integrado hoy al complejo conocido como Palazzo Italia, donde también funcionan el Instituto Italiano de Cultura, la Cámara de Comercio Italiana y la sede porteña de la Universidad de Bologna.

Esa identidad binacional le dio al edificio una personalidad irrepetible. El Coliseo es, al mismo tiempo, un escenario central de la vida cultural de Buenos Aires y un emblema vivo de la presencia italiana en la Argentina, un país que recibió entre 1881 y 1914 más de cuatro millones de inmigrantes, de los cuales alrededor de dos millones fueron italianos. Esa magnitud ayuda a entender por qué este teatro es mucho más que una sala: es una síntesis arquitectónica y simbólica de una historia compartida.
De circo ecuestre a gran templo lírico de Buenos Aires
Los orígenes del Coliseo se remontan a fines del siglo XIX, cuando en ese solar funcionaba el Columbia Skating Ring, una pista de patinaje de una Buenos Aires en plena transformación. Hacia 1905, el espacio fue reconvertido por impulso del célebre payaso inglés Frank Brown y con diseño del arquitecto Carlos Nordmann, para dar vida al Teatro Circo Coliseo Argentino, una estructura deslumbrante para su época. Tenía pista móvil, espacios para animales, restaurante y capacidad para miles de espectadores, combinando espectáculo popular y sofisticación arquitectónica.

Sin embargo, el boom de la ópera en la ciudad cambió rápidamente su destino. A partir de 1907, el antiguo circo comenzó a consolidarse como Teatro Coliseo, uno de los escenarios líricos más importantes de Buenos Aires y competidor directo del Teatro Colón. La primera gran ópera presentada allí fue Tosca, con Emma Carelli y Giovanni Zenatello, y luego llegaron títulos como Aída, La Bohème y Un ballo in maschera. El antiguo edificio tenía problemas acústicos, pero la demanda del público por la lírica lo convirtió igualmente en una referencia continental.
La azotea desde la que nació la radio argentina
Si el Coliseo ya ocupaba un lugar de privilegio en la cultura porteña, el 27 de agosto de 1920 quedó definitivamente inscripto en la historia nacional. Esa noche, desde su terraza, Enrique Telémaco Susini, junto con César Guerrico, Luis Romero Carranza y Miguel Mujica —los futuros “locos de la azotea”—, realizó una transmisión de Parsifal, de Richard Wagner, considerada la primera emisión radiofónica de la Argentina y una de las pioneras del mundo.
Aquel experimento fue escuchado por muy pocas personas, pero su impacto fue inmenso: marcó el nacimiento de la radiodifusión argentina y cambió para siempre la manera de producir y consumir cultura. El Coliseo quedó así asociado no sólo a la ópera, sino también a la innovación tecnológica y al surgimiento de un medio que definiría la vida cotidiana del siglo XX. Pocos edificios de Buenos Aires pueden decir que fueron testigos directos de una revolución artística y, al mismo tiempo, mediática.
Felice Lora, el inmigrante italiano que dejó un legado eterno en Buenos Aires
Para entender cómo Italia terminó siendo dueña de este teatro hay que detenerse en una figura clave: Felice Lora. Nacido en Italia en 1863, llegó a la Argentina desde Piamonte en 1886 y, tras comenzar con trabajos humildes, se convirtió en empresario inmobiliario y filántropo. Su historia personal resume la experiencia de miles de inmigrantes italianos que hicieron de Buenos Aires su nuevo hogar sin romper nunca el vínculo con su tierra de origen.

Lora dejó en su testamento una suma importante para que el Estado italiano construyera una Casa de Italia en Buenos Aires. Esa voluntad derivó en la adquisición del edificio por parte del gobierno italiano en 1937. Más tarde comenzó una transformación profunda: se demolió casi por completo la construcción previa y se avanzó en un nuevo complejo edilicio de varios pisos, pensado para albergar al Consulado General de Italia, espacios institucionales y un auditorio renovado.
La reinauguración, el rock nacional y la vigencia de un ícono porteño
El teatro actual fue finalmente inaugurado en 1961, con diseño del arquitecto Mario Bigongiari y la presencia del presidente argentino Arturo Frondizi y del presidente italiano Giovanni Gronchi. La nueva sala fue concebida para ópera, conciertos, ballet, teatro y cine, con una estructura moderna para la época, mejoras acústicas y un aforo cercano a las 1.700 localidades.
Pero el Coliseo no quedó encerrado en el repertorio clásico. A fines de los años 60, recibió el ciclo Beat Baires, organizado por la discográfica Mandioca, y allí tocaron grupos fundacionales del rock nacional como Almendra, Manal, Vox Dei y Arco Iris. En ese escenario, el 22 de junio de 1969, Almendra estrenó “Muchacha ojos de papel”, una de las canciones más emblemáticas de la música argentina. Décadas después, el teatro siguió renovándose, con procesos de restauración y puesta en valor impulsados para preservar su estructura original y adecuarlo a las exigencias técnicas contemporáneas.
Un puente vivo entre la memoria italiana y la identidad argentina
Hoy, el Coliseo sigue siendo un símbolo de doble pertenencia: italiana por su propiedad y su misión institucional; argentina por su historia, su público y su huella en la cultura popular. En sus butacas se cruzan la memoria de los inmigrantes, la tradición lírica, la historia de la radio y la vitalidad artística de Buenos Aires. No es exagerado decir que el edificio funciona como una cápsula del tiempo donde todavía late una parte del ADN porteño.
En una ciudad llena de teatros notables, el Coliseo conserva una mística distinta: la de haber sido circo, templo de ópera, cuna de la radio, hogar institucional de la italianidad y escenario del rock argentino. Su excepcionalidad no se agota en la anécdota de pertenecer a otro país. Lo verdaderamente extraordinario es que, después de más de un siglo, sigue contando la historia de dos pueblos que nunca dejaron de mirarse de cerca.

















