
Hay lugares que parecen detenidos en el tiempo, pero que en realidad funcionan como una puerta abierta a los orígenes de la Argentina rural. Uno de ellos es Las Palmas, una antigua estancia bonaerense cuya historia se remonta a los tiempos coloniales y que formó parte de un enorme establecimiento vinculado a la Compañía de Jesús. En su momento de mayor extensión, aquellas tierras llegaron a abarcar alrededor de 62.000 hectáreas, una superficie difícil de imaginar hoy, pero clave para entender cómo se organizó el campo en la provincia de Buenos Aires.
Un campo inmenso con raíces en la Buenos Aires colonial
La historia comienza mucho antes de que existieran los alambrados, los pueblos rurales y las rutas modernas. Según las reconstrucciones históricas, el origen de estas tierras aparece asociado a Cristóbal de Altamirano, un extremeño que acompañó a Juan de Garay en la fundación de Buenos Aires en 1580. A partir de ese linaje, la propiedad terminó relacionada con otro Cristóbal de Altamirano, sacerdote jesuita, quien donó parte de sus bienes a la Compañía de Jesús.
Ese gesto cambió el destino del lugar. Los jesuitas no solo administraron campos: también desarrollaron una forma de organización productiva muy avanzada para su época. En el antiguo Pago de Areco, hoy vinculado a zonas de Zárate y Exaltación de la Cruz, conformaron un gran latifundio que distintas fuentes ubican entre las 60.000 y 62.000 hectáreas.
El rol de los jesuitas y una organización rural adelantada
A diferencia de la imagen romántica de una estancia aislada, el establecimiento funcionaba como una verdadera unidad económica. Había sectores dedicados a la explotación directa, áreas arrendadas y distintos puestos o parcelas de pastoreo. Entre esos puestos aparecía Las Palmas, que con el tiempo tomaría identidad propia dentro de la historia bonaerense.

Los registros históricos mencionan una producción ganadera considerable. En 1761, pocos años antes de la expulsión de los jesuitas, el establecimiento contaba con miles de cabezas de ganado, yeguas, mulas, bueyes y animales destinados al trabajo rural y al transporte. Ese volumen muestra que no se trataba simplemente de una propiedad extensa, sino de un sistema productivo organizado, pensado para abastecer, comerciar y sostener actividades económicas de gran escala.
La expulsión jesuita y el cambio de dueños
El quiebre llegó en 1767, cuando los jesuitas fueron expulsados de los territorios hispano-coloniales. A partir de entonces, las tierras quedaron bajo administración de la Corona y luego entraron en una nueva etapa. En 1785, la propiedad fue adquirida por José Antonio de Otálora, una figura de peso en el Buenos Aires de fines del período colonial.
Tras su muerte, la estancia se dividió entre herederos. Una de las figuras que aparece en ese recorrido es Ana María Otálora, vinculada familiarmente a Bernardino Rivadavia. Con el paso del tiempo, la propiedad fue pasando por distintas ramas familiares, entre ellas los Soler y los De la Torre, hasta llegar a nuevas ventas y transformaciones durante el siglo XIX.
De estancia histórica a símbolo de una época
Hacia fines del siglo XIX, Las Palmas ingresó en otra etapa de esplendor. Uno de los nombres destacados fue Benito Villanueva, político, emprendedor y figura vinculada al turf, quien aprovechó instalaciones antiguas para impulsar la cría de caballos. Luego, el establecimiento pasó a manos del coronel Alfredo Froilán de Urquiza y su esposa Lucila de Anchorena, quienes le dieron una nueva impronta productiva.

Esa sucesión de propietarios muestra algo más profundo: Las Palmas no fue solo una estancia, sino una síntesis de varias capas de la historia argentina. Allí se cruzan la colonización española, la expansión jesuítica, la organización del trabajo rural, las familias patricias, la ganadería, el poder territorial y los cambios del campo bonaerense.
Por qué esta estancia vuelve a despertar interés
La historia de Las Palmas volvió a cobrar visibilidad porque permite mirar el presente con perspectiva. En una provincia donde la tierra fue decisiva para la economía, la política y la identidad cultural, recuperar el recorrido de estos antiguos establecimientos ayuda a entender cómo se formaron muchas de las estructuras rurales que todavía influyen en el territorio.

Además, el caso tiene un atractivo particular: combina misterio histórico, patrimonio rural y nombres reconocidos de la historia nacional. No se trata únicamente de una estancia antigua, sino de un lugar que atravesó cuatro siglos y que permite contar la evolución del campo argentino desde sus raíces coloniales hasta sus usos más recientes.
Una historia que une campo, memoria y patrimonio
En tiempos en los que muchas zonas rurales se transforman por el avance inmobiliario, productivo o turístico, historias como la de Las Palmas funcionan como recordatorio de un pasado que todavía deja huellas. Cada casco, cada puesto y cada documento recuperado permite reconstruir un mapa más amplio: el de una Argentina que se organizó alrededor de la tierra, el trabajo y la producción.
Por eso, la estancia que alguna vez formó parte de un inmenso campo de 62.000 hectáreas no es solamente una curiosidad histórica. Es una pieza clave para pensar cómo nació buena parte del mundo rural bonaerense y por qué algunos lugares, incluso después de 400 años, siguen teniendo algo para contar.















