
A simple vista parece una pequeña formación de piedra adherida a un muelle. Sin embargo, debajo de esa estructura blanca se esconde un animal capaz de permanecer inmóvil durante su vida adulta, alimentarse con el movimiento del agua y resistir condiciones extremas.
Su nombre científico es Balanus glandula, aunque en la costa argentina es conocido como “diente de perro”. Este diminuto crustáceo llegó accidentalmente al país a comienzos de la década de 1970 y protagonizó una de las expansiones biológicas más extensas del litoral nacional.
Originario de la costa occidental de América del Norte, probablemente atravesó miles de kilómetros adherido al casco de alguna embarcación o transportado en el agua de lastre. Su primer gran punto de establecimiento fue Mar del Plata, ciudad portuaria con un intenso movimiento marítimo internacional.
El invasor que transformó el puerto de Mar del Plata
Cuando apareció en las costas bonaerenses, el Balanus glandula encontró lugares ideales para adherirse: escolleras, pilotes, muelles, paredes portuarias y formaciones rocosas.
Su ciclo comienza con larvas microscópicas que flotan en el mar. Después de varias etapas de desarrollo, buscan una superficie dura, se fijan definitivamente y construyen una estructura calcárea alrededor de su cuerpo. Desde ese momento, el animal ya no vuelve a desplazarse.

La expansión resultó especialmente notable en el puerto marplatense. Una investigación registró densidades de hasta 19.600 individuos por metro cuadrado en sectores del intermareal medio. Aunque la mortalidad anual podía alcanzar el 62%, el asentamiento constante de nuevas larvas permitió mantener concentraciones extraordinariamente elevadas.
Su reproducción durante el invierno y la ausencia de algunos depredadores le otorgaron ventajas. Con el tiempo desplazó al cirripedio que dominaba ciertos sectores del puerto y comenzó a competir por espacio con mejillones y otros organismos.
De Buenos Aires a Tierra del Fuego
El diente de perro no quedó limitado al lugar donde fue detectado inicialmente. Sus larvas fueron transportadas por las corrientes marinas y, posiblemente, por embarcaciones que recorrieron distintos puertos.
En aproximadamente cuatro décadas logró expandirse 17 grados de latitud hacia el sur. Actualmente existen registros desde San Clemente del Tuyú hasta Río Grande, en Tierra del Fuego. Se trata de un recorrido de más de 3.000 kilómetros de costa.
Su avance demuestra que las invasiones biológicas no siempre son protagonizadas por animales grandes. En el mar, numerosas especies pueden viajar adheridas a barcos, boyas, plataformas, redes o estructuras portuarias.
El inesperado salto hacia las marismas patagónicas
La historia dio un giro cuando los científicos descubrieron que el crustáceo había comenzado a ocupar ambientes muy diferentes de aquellos donde vivía originalmente.
En América del Norte, el Balanus glandula habita principalmente costas rocosas. En la Patagonia argentina, en cambio, consiguió establecerse en marismas de fondos blandos, donde existen pocas superficies de piedra. Para sobrevivir, comenzó a fijarse sobre tallos, raíces y rizomas de plantas costeras.

Los investigadores lo encontraron adherido a especies como Spartina alterniflora, Spartina densiflora, Sarcocornia perennis y Limonium brasiliense. En algunos sectores, los ejemplares se agruparon hasta formar pequeños arrecifes alrededor de los tallos.
Las concentraciones llegaron a superar los 35 individuos por centímetro cuadrado sobre determinadas plantas. Además, más del 90% de los animales observados en esos sustratos estaba vivo, lo que confirmó que la colonización era exitosa.
Cómo puede modificar un ecosistema entero
Las agrupaciones del diente de perro generan cavidades, refugios y superficies aprovechadas por otros animales. Por su capacidad para cambiar físicamente el ambiente, los científicos lo definen como un “ingeniero ecosistémico”.
Sin embargo, también ocupa espacio, desplaza organismos y altera las relaciones entre especies. La Argentina lo reconoce como una especie exótica invasora de categoría 1, sujeta a control obligatorio.
Más de medio siglo después de su llegada, continúa adherido a rocas, muelles, plantas, valvas y residuos. Es la historia de un animal de pocos centímetros que llegó como polizón y terminó modificando miles de kilómetros del litoral argentino.
















