
En 1904, durante la presidencia de Julio Argentino Roca, llegaron desde Estados Unidos 102.700 embriones de trucha de arroyo. La apuesta era poblar los lagos patagónicos con peces apreciados por su valor económico y deportivo. Nadie imaginaba entonces el alcance ambiental que tendrían aquellas introducciones: 122 años después, las truchas exóticas forman parte del paisaje turístico, pero también pueden afectar a especies nativas.
Cómo comenzó la llegada de truchas a la Argentina
La idea tenía antecedentes. En 1892, el naturalista Francisco Pascasio Moreno promovió estudios para incorporar peces a los lagos cordilleranos. En esa época, introducir animales extranjeros era considerado una forma de aprovechar recursos naturales y fomentar el desarrollo.
En 1903, el Gobierno contrató al especialista estadounidense John W. Titcomb para identificar lugares apropiados para criar peces. En la región del Nahuel Huapi encontró un manantial de aproximadamente 500 litros de agua por minuto, con temperaturas cercanas a los 9 y 10 grados, adecuadas para incubar huevos.

El 19 de enero de 1904, el técnico Eugenio Tulián salió de Nueva York con siete cajones. Además de los 102.700 embriones de trucha de arroyo, transportaba 53.000 de trucha de lago, 50.000 de salmón encerrado y un millón de pez blanco: 1.205.700 embriones en total.
Un viaje de 50 días que cambió los lagos patagónicos
El traslado fue una proeza logística. Como los barcos directos hacia Buenos Aires no contaban con el frío necesario, el cargamento pasó por Inglaterra. Después continuó en tren y por tierra hasta la Patagonia.
El recorrido demoró cerca de 50 días y las pérdidas se estimaron alrededor del 10%, con diferencias entre especies. Los ejemplares obtenidos tras la incubación fueron destinados a ambientes como los lagos Nahuel Huapi, Traful, Espejo y Gutiérrez.

No todos prosperaron: el pez blanco no consiguió establecerse. En cambio, distintas truchas se adaptaron, mientras nuevas introducciones ampliaron su presencia en las décadas siguientes.
De los criaderos a la identidad turística de Bariloche
La piscicultura también modificó la economía regional. La historiadora Pamela Desutter, de la Universidad Nacional del Comahue, reconstruyó cómo la estación de piscicultura de Bariloche se vinculó con la pesca deportiva y los visitantes.
En el verano de 1927 recibió más de 300 personas; en 1929 fueron unas 2.500. Con el tiempo, la posibilidad de pescar salmónidos se convirtió en un atractivo de los paisajes cordilleranos. La creación del Parque Nacional Nahuel Huapi en 1934 reforzó la promoción turística de la zona.
Qué descubrieron los científicos sobre el impacto ambiental
Las truchas introducidas pueden alimentarse de peces pequeños, invertebrados y anfibios, además de competir con especies autóctonas. Sus efectos, sin embargo, no son idénticos en todos los ambientes.
En 2020, el CONICET difundió un estudio realizado en 33 arroyos de las Sierras Grandes de Córdoba. Los investigadores observaron que dos anfibios, Boana cordobae y Odontophrynus occidentalis, estaban prácticamente ausentes donde había truchas, pero persistían en cabeceras protegidas por cascadas.

El caso cordobés también motivó medidas concretas: una resolución provincial de 2019 prohibió sembrar y trasladar salmónidos entre cuerpos de agua, especialmente para resguardar las cabeceras de cuenca donde sobreviven poblaciones sensibles de anfibios autóctonos.
La historia encierra una paradoja: los peces introducidos para impulsar una actividad económica pueden amenazar a la fauna que habitaba esos cursos de agua. Hoy, el desafío es compatibilizar la pesca y el turismo con la protección de los ecosistemas, evitando nuevas siembras donde representen un riesgo.

















