
A unos 140 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, Las Marianas conserva ese ritmo que parece haberse perdido en las grandes ciudades: calles tranquilas, vecinos que se saludan por el nombre, almacenes con memoria y una estación de tren que ya no recibe pasajeros, pero sigue siendo símbolo de identidad.
Doña Irma, la mujer que hizo famoso a Las Marianas con sus ravioles
La protagonista de esta historia es Irma Angrigiani, conocida por todos como Doña Irma, una cocinera de 88 años que hace más de seis décadas mantiene viva una tradición familiar que nació cuando el tren todavía marcaba el pulso del pueblo.

Sus ravioles caseros se convirtieron en un verdadero imán para visitantes que llegan desde distintos puntos de la provincia para sentarse a la mesa de su restaurante familiar, ubicado en un antiguo hotel de pueblo.
La receta, por supuesto, es un secreto. En Las Marianas muchos la comparan con una fórmula imposible de revelar, y esa cuota de misterio solo aumenta el encanto. Lo que sí se sabe es que los ravioles son de verdura y que parte de los productos provienen de la huerta agroecológica local.
Un restaurante con memoria ferroviaria y sabor a domingo
El actual comedor de Doña Irma funciona en un edificio que tuvo varias vidas: fue hotel, bar y restaurante cuando Las Marianas era un punto de paso para trabajadores rurales, viajantes y pasajeros del ferrocarril.
Según registros turísticos, el lugar abrió originalmente como Hotel Colón en 1930 y luego fue comprado por Ernestina Pezza y Nazareno Camacci en 1950, cuando pasó a llamarse“El Morocho”. Desde 2014 lleva el nombre de Doña Irma, en homenaje a la cocinera que lo convirtió en un clásico de la zona.

Hoy, la postal se repite especialmente los domingos: familias enteras llegan para probar esos ravioles que prometen algo más que comida. Prometen una experiencia. Una vuelta a la infancia, a la cocina de las abuelas, a los platos abundantes y a las sobremesas sin apuro.
Las Marianas: el pueblo que nació con el tren y sobrevivió al silencio
La historia de Las Marianas está profundamente ligada al ferrocarril. El pueblo fue fundado formalmente en 1908, en pleno crecimiento de las localidades rurales bonaerenses impulsadas por las vías, los tambos y la producción agrícola.
Incluso antes de su trazado urbano, la estación ferroviaria ya era clave para conectar la producción de leche, granos y otros alimentos con la Ciudad de Buenos Aires.
El nombre del pueblo tiene una historia tan particular como entrañable: Las Marianas se llama así por las hijas de los hermanos Juan José y Mariano de la Riestra, antiguos propietarios de las tierras de la zona. Primero fue el nombre de una estancia, luego de la estación y finalmente del pueblo.
De la época dorada al golpe del cierre del ramal
Durante décadas, el tren fue mucho más que un transporte. Era la llegada de noticias, de mercadería, de visitantes y de trabajo. En torno a la estación crecieron almacenes de ramos generales, panaderías con hornos a leña, tambos, una cremería, una escuela y hospedajes para quienes pasaban por la zona.

Pero como ocurrió en tantos pueblos bonaerenses, el cierre del servicio ferroviario golpeó fuerte. El tren dejó de pasar en 1993 y Las Marianas comenzó a perder población y movimiento económico.
Lo que pudo haber quedado como un pueblo detenido en el tiempo encontró una nueva oportunidad en el turismo rural. En los últimos años, la gastronomía casera, la estación recuperada, la feria de productores y las escapadas de fin de semana volvieron a poner a Las Marianas en el mapa.
Más que ravioles: capilla, almacén, estación y tortitas negras
Quienes llegan a Las Marianas atraídos por los ravioles descubren que el pueblo tiene mucho más para ofrecer. La antigua estación ferroviaria funciona hoy como espacio comunitario, centro de jubilados, museo popular y mercado de productos regionales.
Frente a la plaza central se levanta la Capilla Santa Teresita, inaugurada en 1934 y considerada uno de los atractivos históricos del lugar. Sus vitrales, según registros turísticos, fueron realizados en Austria especialmente para ese templo.
También está el emblemático almacén La Media Luna, conocido por todos como“lo de Mimí”, un boliche de pueblo declarado Patrimonio Cultural por el municipio, donde todavía se conversa como antes: de pie en el mostrador, con aperitivo, historias y tiempo disponible.
Y antes de volver, hay una parada casi obligada: la panadería local, famosa por sus tortitas negras, una tradición que también forma parte de la identidad gastronómica del pueblo.




















