
En la esquina de avenida Callao y Lavalle, donde el centro porteño nunca parece detenerse, sobrevive Los Galgos. El establecimiento atravesó más de nueve décadas y logró renacer después de un cierre que puso en riesgo su continuidad.
Su historia comenzó mucho antes de que allí se sirvieran cafés, vermuts y platos tradicionales. El terreno estuvo relacionado con la familia Lezama y, años después, albergó un local de Singer. En 1930, un inmigrante asturiano transformó aquella esquina en un café destinado a convertirse en parte de la identidad de CABA.
De una residencia familiar a un clásico café de Buenos Aires
Los antecedentes del lugar se remontan a 1879, cuando la familia Lezama se instaló en la esquina. Por entonces, Buenos Aires tenía poco más de 300.000 habitantes y atravesaba una profunda transformación impulsada por la inmigración, la expansión urbana y el crecimiento del transporte.
Hacia 1920, Singer ocupó el inmueble para vender sus famosas máquinas de coser. Diez años después, el local se convirtió en café, almacén y despacho de bebidas. Su nombre hacía referencia a la afición de su fundador por las carreras de galgos, una actividad vinculada entonces con sectores acomodados.

Los Galgos abrió oficialmente el 27 de marzo de 1930. Su decoración original buscaba reproducir el ambiente de los cafés madrileños, con mobiliario traído desde España y una estética que conectaba a inmigrantes con los recuerdos de su tierra.
La familia que convirtió a Los Galgos en una leyenda
En 1948, la familia Ramos tomó el control del negocio y consolidó su identidad. La cercanía con la avenida Corrientes convirtió al bar en una parada habitual para artistas, músicos, estudiantes y trabajadores.
Por sus mesas pasaron Enrique Santos Discépolo, Osvaldo Pugliese, Julio de Caro y Aníbal Troilo. También estuvieron ligados al lugar Arturo Frondizi, Luca Prodan y Martín Karadagian. Entre cafés, reuniones y conversaciones, cada visitante alimentó la mística de una esquina donde convivían el tango, la política y la vida cotidiana.

Los alumnos del cercano Colegio del Salvador también lo eligieron para encuentros y celebraciones. Con el paso del tiempo, esas escenas construyeron una memoria colectiva que trascendió al barrio.
Cerró en 2014, pero su historia todavía no había terminado
Después de décadas detrás del mostrador, la familia Ramos tomó otro rumbo y Los Galgos cerró en 2014. Vecinos y clientes habituales temieron que el local perdiera su identidad o fuera reemplazado por un proyecto sin relación con su pasado.
La recuperación llegó con el gastronómico Julián Díaz y la diseñadora Florencia Capella, creadores del bar 878. La intervención restauró elementos originales, recuperó materiales históricos y modernizó la infraestructura sin eliminar las marcas que habían definido al establecimiento.

El subsuelo, antes utilizado como depósito, se transformó en un área de producción con cocina, hornos, cámara frigorífica, almacenamiento y cava. Además, se incorporó una parrilla a la vista y se renovaron las marquesinas respetando la estética tradicional.
Finalmente, Los Galgos reabrió el 1 de diciembre de 2015, durante el año de su 85.º aniversario. El proyecto logró conservar el patrimonio sin convertir al bar en una escenografía detenida en el tiempo.
Cómo es hoy el bodegón histórico que volvió a empezar
Actualmente funciona en avenida Callao 501 y combina café tradicional, cocina porteña y una propuesta gastronómica actual. Además de integrar la lista de Bares Notables, fue declarado Sitio de Interés Cultural por la Legislatura porteña y recibió el Sello de Buen Diseño Argentino.
Los Galgos es mucho más que un lugar para comer. Su recorrido resume el crecimiento de Buenos Aires, la influencia española y la época dorada del tango. Hoy permanece como un archivo vivo de la ciudad y demuestra que renovar un bodegón también puede ser una forma de proteger su memoria.
















