
Buenos Aires conserva esquinas donde el pasado se resiste a desaparecer. Algunas guardan edificios antiguos; otras, historias transmitidas entre vecinos. Sin embargo, existen pocos lugares donde la memoria todavía puede reconocerse en las paredes, el mostrador y hasta en el sabor de una comida.
En el corazón de Mataderos, sobre la avenida Juan Bautista Alberdi al 6100, funciona El Cedrón, una pizzería tradicional cuya historia comenzó en 1908. En aquel momento, el barrio estaba atravesado por tranvías, trabajadores y una intensa actividad relacionada con los antiguos mataderos porteños.
Antes de convertirse en la pizzería elegida por varias generaciones, el establecimiento fue un bodegón llamado La Primera Curva. El nombre no surgió de una estrategia comercial: hacía referencia al giro que realizaban las vías del tranvía en la intersección de Alberdi y Murguiondo.
El bodegón que nació frente a una curva del tranvía
La historia comenzó cuando Ambrosio Cremella instaló en esa esquina un despacho de bebidas. Por entonces, los bodegones eran mucho más que lugares para comer o tomar algo: funcionaban como espacios de encuentro para trabajadores, comerciantes y vecinos.

El movimiento de los tranvías convertía al local en una parada habitual. Por allí circulaban las líneas 40 y 48 de la Compañía de Tranvías Anglo-Argentina, que conectaban Mataderos con distintos sectores del centro. Pasajeros, conductores y parroquianos encontraban allí un sitio donde descansar antes de continuar el viaje.
El mostrador de estaño que atravesó las décadas
En 1930, el negocio pasó a manos de un propietario de apellido Méndez. Durante esa etapa se realizaron reformas y se incorporó un elemento que terminaría convertido en símbolo del lugar: el mostrador de estaño.
Estos mostradores eran habituales en los bares porteños de comienzos del siglo XX. Resistentes y fáciles de limpiar, concentraban buena parte de la vida cotidiana. A su alrededor se servían bebidas y comidas, pero también se discutía sobre fútbol, política y noticias barriales.
El cambio de 1935 que definió su identidad
El gran giro ocurrió en 1935, cuando Manuel Cedrón tomó el control del negocio. El nuevo dueño lo rebautizó Bar El Cedrón, modernizó el salón principal y agregó mesas. Con los años, el antiguo despacho de bebidas comenzó a adoptar otra identidad.

En 1950 se inauguró el Salón Familias, orientado hacia la calle Murguiondo. La incorporación reflejó una costumbre de época: numerosos bares reservaban sectores para recibir a grupos familiares, mientras el salón principal mantenía una clientela mayoritariamente masculina.
En 1966 se formó una nueva sociedad y el establecimiento pasó a llamarse El Cedrón S.R.L. Fue entonces cuando terminó de consolidarse como pizzería y comenzó a construir el prestigio que conserva actualmente.
La receta secreta que se convirtió en leyenda
La especialidad de la casa es la pizza al molde, gruesa, abundante y cubierta con una generosa cantidad de queso. Sin embargo, su rasgo más particular aparece al final de la preparación.

Antes de servir cada pizza, los maestros pizzeros aplican una pincelada de un aliño cuya fórmula permanece en secreto. Su sabor recuerda a la salsa provenzal, aunque contiene otros ingredientes que jamás fueron revelados públicamente. Ese detalle se convirtió en una marca inconfundible.
Tango, fútbol y memoria en una esquina de Mataderos
La cercanía con el estadio de Nueva Chicago reforzó además su vínculo con el fútbol. Antes y después de los partidos, la pizzería se volvió punto de encuentro para los hinchas, aunque siempre recibió también a familias, trabajadores y visitantes de otros barrios.
En 2013, la Legislatura porteña declaró a El Cedrón de interés cultural por su valor gastronómico y su importancia para la historia de Mataderos. Más de un siglo después de la apertura de La Primera Curva, la esquina continúa recibiendo comensales. El Cedrón no es solamente una pizzería: es el testimonio vivo de un barrio que creció sin renunciar a su memoria.





















