
En una época en la que la aviación apenas comenzaba a desarrollarse, dos argentinos decidieron enfrentar la Cordillera de los Andes desde el aire. No tenían cabina presurizada, instrumentos modernos ni comunicación para pedir ayuda ante una emergencia.
Su único refugio era una barquilla abierta de mimbre, suspendida debajo de un enorme globo. El 24 de junio de 1916, Eduardo Bradley y Ángel María Zuloaga despegaron desde Santiago de Chile. Durante el viaje alcanzaron cerca de 8.000 metros, soportaron 33 grados bajo cero y arrojaron casi todo lo que llevaban para evitar una caída.
Tres horas y media después, aterrizaron en el valle del río Uspallata, Mendoza. Habían completado el primer cruce de la Cordillera de los Andes en globo.
El proyecto que parecía imposible
A comienzos del siglo XX, volar todavía era una actividad experimental. Los accidentes eran habituales y quienes viajaban en globo dependían del clima, porque no podían dirigirlo como un avión.
El plan consistía en partir desde Chile y aprovechar los vientos de altura, que avanzaban de oeste a este. Para superar las montañas necesitaban elevarse por encima de los 7.000 metros. Allí, el frío extremo y la falta de oxígeno podían provocar desorientación, pérdida del conocimiento y muerte.

Bradley tenía 29 años y experiencia como aeronauta. Zuloaga era militar, piloto de aviones y de globos. Ambos habían establecido marcas de altura y distancia antes de intentar la travesía que los volvería protagonistas de la aeronáutica nacional.
Un globo bautizado en homenaje a Eduardo Newbery
El aerostato elegido tenía una capacidad aproximada de 2.200 metros cúbicos y llevaba el nombre Eduardo Newbery. Era un homenaje al hermano de Jorge Newbery, desaparecido en 1908 cuando intentaba cruzar el Río de la Plata a bordo del globo Pampero.
Los preparativos demoraron varios días porque el gas disponible no siempre ofrecía el impulso necesario. Sin suficiente fuerza ascensional, el globo podía quedar atrapado frente a las montañas o caer en una quebrada.
El ascenso sobre las cumbres nevadas
La oportunidad llegó durante la mañana del 24 de junio de 1916. Cerca de las 8.30, el globo comenzó a elevarse desde Santiago.

El aerostato llegó a unos 8.000 metros sobre el nivel del mar. La temperatura descendió hasta 33 grados bajo cero. Bradley y Zuloaga viajaban expuestos al viento en una canasta sin techo, calefacción ni protección contra la baja presión atmosférica.
Para respirar utilizaban máscaras de oxígeno. También llevaban un barógrafo sellado, destinado a registrar la altura alcanzada y certificar la hazaña.
El momento en que arrojaron todo al vacío
El peligro aumentó cuando el globo comenzó a perder altura. Para evitar un choque contra las montañas, los tripulantes se desprendieron del lastre. Luego arrojaron alimentos, provisiones y armas. Finalmente conservaron solo la ropa, las máscaras y el instrumento de medición.

No tenían motor para corregir el rumbo. Su supervivencia dependía del peso, las corrientes de aire y decisiones tomadas en segundos. Cualquier cambio del viento podía empujarlos contra una pared montañosa.
Un aterrizaje al borde del precipicio
Tras aproximadamente tres horas y media, descendieron en el valle del río Uspallata. El aterrizaje fue violento y la barquilla quedó cerca de un precipicio, pero ambos sobrevivieron.
La noticia se propagó rápidamente. En su regreso a Buenos Aires, numerosas personas los recibieron en las estaciones ferroviarias. La aventura se convirtió en un símbolo del desarrollo aeronáutico argentino.
La barquilla original fue preservada y forma parte del patrimonio del Museo Nacional de Aeronáutica. Su estructura permite comprender las condiciones del viaje: un espacio pequeño, abierto y casi sin protección.
Más de un siglo después, la travesía sigue resultando difícil de imaginar. Dos argentinos cruzaron una de las cadenas montañosas más peligrosas del mundo dentro de una canasta de mimbre, sin motor y a merced del viento. Lo que parecía imposible terminó como una de las mayores hazañas de la historia argentina.

















