
A menos de 70 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires existe un territorio de lagunas, pastizales y bosques de tala que sobrevivió al avance urbano. Durante el siglo XIX formó parte de una extensa propiedad rural y, después de décadas de abandono, se transformó en uno de los parques nacionales más singulares de la Argentina.
El paisaje parece alejado de las grandes ciudades. Hay juncales, bañados y sectores cubiertos por agua durante buena parte del año. Sin embargo, este refugio natural está en Campana, dentro de una región marcada por industrias, rutas y urbanizaciones.
Se trata del Parque Nacional Ciervo de los Pantanos, creado en 2018 sobre terrenos que antes integraban la Reserva Natural Otamendi y la Reserva Natural Río Luján. Su historia combina ferrocarriles, antiguas estancias, hornos de ladrillos, humedales y una recuperación ambiental que demoró más de un siglo.
Las tierras que quedaron ligadas al apellido Otamendi
El origen del lugar está relacionado con Rómulo Otamendi, ingeniero nacido en 1852 que participó en trabajos vinculados con trazados ferroviarios. Como reconocimiento por sus tareas recibió tierras ubicadas en Campana, parte de las cuales terminarían incorporadas al actual parque nacional.

En aquellos años, el ferrocarril modificaba la economía bonaerense. Las vías facilitaban el traslado de productos agrícolas, ganado y materiales de construcción. La propiedad también quedó relacionada con la fabricación de ladrillos, favorecida por los suelos arcillosos y por la posibilidad de enviar la producción hacia centros urbanos.
El paisaje era diferente. Había instalaciones productivas, caminos y áreas destinadas al trabajo rural. Con el paso del tiempo, varias actividades desaparecieron y una porción importante de las tierras quedó sin uso.
Del abandono a una reserva natural
Después de la muerte de Otamendi, en 1934, la propiedad atravesó distintas administraciones. Hacia la década de 1980, buena parte del predio estaba abandonada y bajo la órbita estatal. Esa situación permitió que ambientes degradados comenzaran a recuperarse y que numerosas especies regresaran a los bajos inundables.

El cambio decisivo ocurrió el 10 de octubre de 1990, cuando el Estado creó la Reserva Natural Otamendi. El objetivo era proteger un territorio de gran valor biológico, compuesto por bañados, pastizales y zonas sometidas a inundaciones periódicas.
Desde entonces, el área dejó de ser considerada un conjunto de terrenos improductivos. Los humedales comenzaron a valorarse por almacenar agua, amortiguar inundaciones y ofrecer refugio a especies amenazadas.
Tres ambientes argentinos en un mismo territorio
Una particularidad del parque es que reúne sectores del Delta e Islas del Paraná, la Pampa y el Espinal. En las zonas elevadas crecen pastizales; sobre la barranca aparecen bosques de tala, ombúes, saucos y espinillos; mientras que en los bajos dominan juncales, pajonales y lagunas.

Entre los animales registrados se encuentran carpinchos, gatos monteses, comadrejas overas y numerosas aves acuáticas. La figura central es el ciervo de los pantanos, el cérvido más grande de Sudamérica. Sus largas pezuñas le permiten desplazarse por suelos blandos y anegados.
La transformación definitiva, 28 años después
En 2008, la Reserva Natural Otamendi fue reconocida como Sitio Ramsar, categoría internacional destinada a humedales de importancia global. Pero el cambio principal llegó el 10 de octubre de 2018, exactamente 28 años después de la creación de la reserva.
Ese día se estableció oficialmente el Parque Nacional Ciervo de los Pantanos. La nueva área protegida integró las tierras de Otamendi con sectores de la Reserva Natural Río Luján, fortaleciendo la conservación de la cuenca baja y ampliando la superficie preservada.
El refugio natural que resistió cerca de Buenos Aires
La historia sorprende porque no transcurre en una región remota. El parque se encuentra a pocos kilómetros de Campana y a menos de 70 kilómetros de la capital argentina.
En poco más de un siglo, aquellas tierras vinculadas con el ferrocarril, el trabajo rural y los hornos de ladrillos atravesaron abandono, recuperación y protección estatal. Lo que durante años pareció difícil de aprovechar terminó revelándose indispensable para conservar agua, paisajes y fauna.
Hoy, entre lagunas, cortaderas y bosques de tala, el Parque Nacional Ciervo de los Pantanos conserva huellas de su pasado productivo. También demuestra que un territorio olvidado puede convertirse en uno de los últimos refugios de biodiversidad del norte bonaerense.






















