
En 1991, un pequeño molusco originario de Asia apareció en las costas de Berisso, provincia de Buenos Aires, sin que nadie pudiera anticipar la magnitud del fenómeno que estaba comenzando. Los investigadores encontraron apenas cuatro o cinco ejemplares por metro cuadrado, pero cuatro años después esa cifra había superado los 150.000 individuos en la misma superficie.
Se trataba del mejillón dorado, una especie invasora que logró expandirse por grandes ríos sudamericanos y convertirse en un problema ambiental y económico.

Cómo llegó el mejillón dorado de Asia a Buenos Aires en 1991
El nombre científico de esta especie es Limnoperna fortunei. Es un molusco bivalvo de agua dulce, originario de China y otras regiones del sudeste asiático, que puede alcanzar aproximadamente tres centímetros de longitud. A diferencia de los mejillones marinos, está adaptado a vivir en ríos y lagos, donde forma grandes colonias adheridas a superficies sumergidas.
Su llegada a la Argentina estuvo vinculada con el comercio marítimo internacional. Los especialistas determinaron que probablemente ingresó mediante el agua de lastre de embarcaciones provenientes de Asia. Los barcos utilizan esta agua para mantener su estabilidad y, cuando la descargan en otros puertos, pueden liberar organismos que viajaron miles de kilómetros sin ser detectados.
El primer registro sudamericano ocurrió en septiembre de 1991, en el balneario Bagliardi, ubicado en Berisso, sobre el Río de la Plata. El investigador Gustavo Darrigran, de la Universidad Nacional de La Plata, participó en la identificación de la especie. Aquella aparición marcó el comienzo de una de las invasiones biológicas más importantes registradas en los sistemas de agua dulce de la región.

De 5 a más de 150.000 mejillones por metro cuadrado en cuatro años
La velocidad de multiplicación del mejillón dorado sorprendió a los científicos. En 1991 se registraban entre cuatro y cinco ejemplares por metro cuadrado en el balneario Bagliardi. Para 1995, la densidad había superado los 150.000 individuos por metro cuadrado, según investigaciones publicadas sobre su expansión en el Río de la Plata.
Este crecimiento se explica por su capacidad reproductiva y por las condiciones favorables que encontró en los ambientes colonizados. Durante una etapa de su desarrollo, las larvas permanecen suspendidas en el agua y pueden ser transportadas por las corrientes. Posteriormente se fijan a superficies duras, donde comienzan a formar agrupaciones cada vez más numerosas.
Sin embargo, aquella densidad extraordinaria no se mantuvo indefinidamente. Los estudios documentaron que, hacia 2001, la población del sitio original se había estabilizado alrededor de 40.000 individuos por metro cuadrado. El fenómeno demostró que una especie de apenas unos centímetros podía experimentar un crecimiento explosivo y modificar profundamente las condiciones de su nuevo hábitat.

El mejillón asiático que avanzó por los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay
La expansión no quedó limitada a Buenos Aires. Desde el Río de la Plata, el mejillón dorado comenzó a colonizar otros cursos de agua de la Cuenca del Plata, especialmente los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay. Su dispersión estuvo favorecida tanto por las conexiones fluviales como por el movimiento de embarcaciones.
Investigaciones difundidas por el CONICET estimaron una velocidad histórica de avance de aproximadamente 240 kilómetros por año. Esta capacidad permitió que la especie alcanzara ambientes de distintos países sudamericanos, incluidos Brasil, Paraguay y Uruguay, donde también se convirtió en un desafío para la conservación de los ecosistemas acuáticos.
En 2021, científicos del CONICET advirtieron sobre su proximidad a la cuenca del Amazonas, una de las regiones con mayor biodiversidad del planeta. En ese momento, las investigaciones señalaban que la expansión del molusco representaba un riesgo para nuevos ambientes de agua dulce. La advertencia reflejaba cómo una introducción accidental podía adquirir dimensiones internacionales.

Por qué el mejillón dorado amenaza los ecosistemas y las instalaciones industriales
El problema no se limita a la cantidad de ejemplares. El mejillón dorado se alimenta filtrando partículas suspendidas en el agua, una actividad que, cuando ocurre en grandes concentraciones, puede modificar la disponibilidad de alimento para otros organismos. Sus colonias también alteran los espacios ocupados por especies nativas.
Además, posee una característica especialmente problemática: se adhiere a cañerías, filtros y estructuras sumergidas. Cuando miles de ejemplares se acumulan en estos sistemas, pueden reducir el paso del agua, obstruir instalaciones y generar costos de mantenimiento en plantas potabilizadoras, industrias y centrales hidroeléctricas.
Lo que comenzó en 1991 con unos pocos mejillones detectados en una playa bonaerense terminó convirtiéndose en un fenómeno de alcance regional. Su historia demuestra cómo el transporte accidental de organismos puede transformar ecosistemas enteros y generar consecuencias que persisten durante décadas.


















