
A menos de 70 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, en el partido de Exaltación de la Cruz, la Estancia La Mimosa se convirtió en una de las escapadas rurales más buscadas por quienes quieren cortar con la rutina sin perder un día entero en la ruta. Pero detrás del plan de campo, las empanadas, los caballos y el asado, se esconde una historia mucho más grande: la de un antiguo parador nacido en 1869, cuando el inmigrante vasco Ángel Vélaz compró tierras y levantó allí una pulpería conocida como “La Esquina de Vélaz”.
En aquellos años, el paisaje bonaerense era muy distinto al que se ve hoy. No había alambrados, los trenes todavía no marcaban el pulso cotidiano de cada pueblo y las carretas cruzaban la pampa siguiendo caminos que eran verdaderas venas de comunicación. La pulpería funcionaba como punto de descanso, encuentro y abastecimiento para gauchos, viajeros, inmigrantes y tropas que se movían por el antiguo Camino Real, una vía clave entre zonas rurales como San Antonio de Areco, Pilar y los alrededores de Capilla del Señor.
El Camino Real, gauchos y una historia marcada por nombres míticos
La historia de La Mimosa no se entiende sin el Camino Real. Por allí, según la propia reseña histórica de la estancia, pasaron figuras que forman parte del imaginario argentino, como Camila O’Gorman, antes de su trágico final en tiempos de Juan Manuel de Rosas, y Don Segundo Ramírez, el gaucho que inspiró a Ricardo Güiraldes para construir el universo literario de “Don Segundo Sombra”.

Esa mezcla de documento, tradición oral y paisaje convierte al lugar en algo más que una postal de turismo rural. La Mimosa conserva el aire de aquellas estancias que fueron testigos silenciosos del país profundo: el de los carros, las guitarras, las pulperías con rejas, los domingos de reunión y los hombres de campo que todavía vestían chiripá y botas de potro.
El refugio durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871
Uno de los capítulos más impactantes de la estancia está vinculado a la epidemia de fiebre amarilla de 1871, una de las mayores tragedias sanitarias de la historia porteña. Aquel brote provocó miles de muertes en Buenos Aires, con días en los que se registraron más de 500 fallecimientos, y llevó a muchas familias a abandonar la ciudad en busca de aire puro y refugio en zonas rurales.
En ese contexto, la casona de La Mimosa habría funcionado durante meses como resguardo para familias y pobladores de la zona. La epidemia, además, dejó una huella profunda en la transformación de Buenos Aires, ya que expuso la necesidad urgente de mejorar el sistema sanitario, el acceso al agua potable, las cloacas y el ordenamiento urbano.
De “La Esquina de Vélaz” a La Mimosa: el cambio que transformó el casco histórico
A comienzos del siglo XX, la propiedad atravesó una transformación decisiva. María Vélaz, hija de Ángel Vélaz, junto a su esposo Eduardo Goyenechea, impulsó mejoras en el casco de la estancia: se incorporaron jardines exóticos, forestación, un palomar, un molino de viento y comodidades modernas para la época, como cocina económica y sistemas de cañerías inglesas.

Ese cambio arquitectónico también le dio una identidad visual muy particular. La casona mezcla rasgos coloniales, detalles italianizantes y pinceladas de art nouveau, una combinación que todavía hoy le da al lugar un carácter elegante, nostálgico y fotogénico. Con el tiempo, el antiguo nombre asociado a la pulpería quedó atrás y el establecimiento pasó a ser conocido definitivamente como La Mimosa.
Qué se puede hacer en La Mimosa durante un día de campo
La propuesta actual está pensada para quienes buscan una experiencia completa sin alejarse demasiado de CABA. El día de campo suele comenzar con una recepción criolla, empanadas, vino y bebidas sin alcohol. Luego, los visitantes pueden recorrer el parque, caminar entre árboles antiguos, acercarse a los animales de granja, realizar paseos a caballo o disfrutar de carruajes y espacios verdes.

El momento central llega con el asado criollo, acompañado por espectáculos folklóricos, música, danzas tradicionales, malambo, boleadoras y demostraciones de destreza gaucha. Entre las actividades más esperadas aparece la clásica corrida de sortijas, una práctica ecuestre ligada a las fiestas rurales argentinas.
Un imán para familias, turistas y amantes de la historia
Además del valor histórico, La Mimosa suma atractivos naturales que la convierten en una salida ideal para familias con chicos. En el predio hay animales como ovejas, cabras, vacas, ñandúes y pavos reales que circulan por los jardines, uno de los grandes imanes visuales para quienes buscan fotos distintas y contenido para redes sociales.

También funciona como espacio para eventos sociales, casamientos, jornadas empresariales, actividades educativas y visitas escolares, con una propuesta vinculada a la cultura rural, la producción agropecuaria, la flora, la fauna y las costumbres del campo bonaerense.
La estancia que también conquistó al cine
La Mimosa no solo fue escenario de historia rural. También fue elegida como locación para producciones audiovisuales nacionales e internacionales. Según la información institucional del establecimiento, allí se filmaron escenas de películas como “Sol de Otoño”, “El Faro”, “María Galante”, “Nada por perder”, “Cordero de Dios” y “América Mía”. Además, fue utilizada para producciones gráficas de medios reconocidos.
Ese costado cinematográfico refuerza su atractivo: cada rincón parece armado para una escena, desde el casco histórico hasta los jardines, el palomar, las galerías y los senderos arbolados. No es casual que el lugar haya sido reconocido por su valor estético, cultural y turístico dentro de la provincia de Buenos Aires.
Cómo llegar a Estancia La Mimosa desde Buenos Aires
La estancia se encuentra en Exaltación de la Cruz, con acceso por la zona de la Ruta 6, a poco más de una hora en auto desde la Ciudad de Buenos Aires, según el tránsito. Por su cercanía, es una alternativa perfecta para quienes buscan una escapada de día completo, sin necesidad de hospedaje ni grandes preparativos.
En tiempos donde las escapadas cortas ganan terreno, La Mimosa ofrece algo difícil de encontrar: un plan cercano, al aire libre, con comida típica y una historia que no quedó encerrada en un museo. Allí, el pasado todavía se escucha en el crujir de las galerías, en el paso lento de los caballos y en esa sensación de haber viajado mucho más lejos que 70 kilómetros.




















