
Hay lugares de Buenos Aires en los que el tiempo parece avanzar a otro ritmo. Espacios donde el ruido queda atrás apenas se cruza la puerta y donde cada mesa parece conservar una historia. La Giralda, ubicada en avenida Corrientes 1453, es uno de ellos.
En este histórico establecimiento porteño, pedir un chocolate caliente acompañado por churros dejó de ser una simple merienda. Con el paso de las décadas, la combinación se transformó en una verdadera institución, capaz de reunir a vecinos, turistas, trabajadores, artistas y espectadores de teatro.
La Giralda nació como una pequeña lechería española
La historia comenzó en 1930, cuando el inmigrante andaluz Francisco Garrido abrió una pequeña lechería en la planta baja del edificio Nordmann. Allí comenzó a servir su recordado chocolate caliente con churros, inspirado en una tradición profundamente arraigada en España.
El nombre tampoco fue elegido al azar. La Giralda hace referencia a la emblemática torre de Sevilla y representa un homenaje a las raíces de su fundador. De esta manera, el local llevó a Buenos Aires una costumbre sencilla pero irresistible: sumergir churros crocantes en una taza de chocolate espeso.

El establecimiento abrió durante un período de grandes transformaciones urbanas. La avenida Corrientes comenzaba a consolidarse como uno de los principales ejes culturales de la ciudad, rodeada de teatros, cafés, librerías y espacios de entretenimiento.
Frente al local funcionaba el antiguo Teatro Politeama. Su cercanía favoreció la llegada de artistas y espectadores, quienes encontraron en La Giralda un punto de encuentro antes de las funciones y un refugio para prolongar la noche.
El bar que acompañó las madrugadas de Corrientes
En 1951, el establecimiento pasó a manos de Antonio Nodrid, quien decidió conservar su nombre y mantener la tradición del chocolate con churros. Bajo su administración, la antigua lechería terminó de convertirse en uno de los cafés clásicos de la avenida Corrientes.
El bar llegó a permanecer abierto durante las 24 horas. De día recibía a oficinistas, estudiantes y vecinos. Por la noche, sus mesas eran ocupadas por músicos, escritores, actores y espectadores que no querían regresar a sus casas después del teatro.

Con sus espejos, revestimientos de madera, mesas de mármol y una extensa barra, el salón se transformó en un refugio de la bohemia porteña. Allí circulaban conversaciones sobre literatura, música, cine y política mientras el aroma del café y del chocolate acompañaba las madrugadas.
Distintos relatos recuerdan el paso de figuras como Mercedes Sosa, Horacio Guarany, Leonardo Favio y Beba Bidart. Muchas de aquellas anécdotas terminaron mezclándose con la tradición oral y alimentaron la mitología de este rincón porteño.
El secreto de su famoso chocolate con churros
Aunque su historia es un atractivo por sí misma, existe una razón concreta por la que tantas personas regresan: su tradicional chocolate caliente con churros.
La bebida se caracteriza por tener una textura espesa e intensa, perfecta para sumergir cada pieza. Su preparación incluye una combinación de chocolates cuyas proporciones se mantienen como uno de los secretos de la casa.

Los churros conservan la inspiración española que dio origen al establecimiento. Son dorados y crocantes por fuera, pero livianos por dentro, características fundamentales para acompañar la bebida caliente.
El ritual es sencillo: sumergir el churro en la taza, esperar unos segundos y dejar que absorba el chocolate. Ese gesto, repetido por miles de clientes durante décadas, se convirtió en un puente entre diferentes generaciones.
Abuelos, padres y nietos pueden sentarse en el mismo salón y compartir una costumbre que sobrevivió a las transformaciones de Buenos Aires. Cambiaron los teatros, los carteles y el ritmo de la avenida, pero el chocolate con churros continúa ocupando el centro emocional del lugar.
El cierre que puso en peligro su continuidad
A fines de 2018, los problemas económicos obligaron al histórico café a cerrar sus puertas. La noticia generó tristeza entre sus clientes habituales y despertó preocupación por el futuro de uno de los últimos exponentes de las antiguas lecherías porteñas.

Durante más de dos años, la persiana baja dejó una imagen difícil de aceptar. Sin embargo, el cierre no fue definitivo. Una nueva administración asumió el desafío de recuperar el establecimiento y adaptar su propuesta a los nuevos tiempos sin borrar su identidad.
La reapertura estaba prevista para 2020, pero la pandemia demoró los trabajos. Finalmente, La Giralda volvió a recibir clientes el 25 de agosto de 2021. La jornada estuvo marcada por la emoción de quienes regresaron para reencontrarse con sus mesas, sus recuerdos y su merienda favorita.
Una restauración que protegió la memoria
La renovación permitió recuperar las maderas, los espejos y numerosos detalles históricos del salón. También regresó el recordado cartel de neón dedicado al chocolate con churros, mientras que las mesas de mármol conservaron el vínculo visual con el pasado.
La carta sumó opciones para almorzar, cenar y disfrutar de la barra. Sin embargo, ninguna incorporación desplazó al producto que construyó su identidad. El chocolate con churros sigue siendo el gran protagonista de La Giralda.
Visitar este establecimiento no consiste solamente en sentarse a comer. También significa ingresar en una cápsula de la memoria porteña, observar los detalles del salón e imaginar las innumerables conversaciones que circularon entre sus mesas.
En una ciudad que cambia constantemente, La Giralda recuerda que algunas tradiciones merecen ser preservadas. Allí, sumergir un churro en una taza de chocolate caliente no es un gesto cualquiera: es probar un pequeño fragmento de la historia de Buenos Aires.





















