
A simple vista parece una pequeña almeja de agua dulce. Sin embargo, detrás de su delicada concha se esconde una de las invasiones biológicas más silenciosas registradas en la Argentina.
La protagonista es la almeja asiática, conocida científicamente como Corbicula fluminea. Su presencia fue detectada en Sudamérica entre finales de la década de 1960 y comienzos de 1970, sobre las costas del Río de la Plata.
Más de medio siglo después, consiguió desplazarse por numerosos cursos de agua y alcanzar regiones situadas a miles de kilómetros del lugar donde fue descubierta. En 2022, un estudio confirmó su presencia en la cuenca del río Chubut, el registro más austral documentado hasta ese momento en Sudamérica.
El viaje oculto que comenzó dentro de los barcos
No existe un registro preciso del primer ejemplar que llegó al país. Los investigadores consideran que estas almejas pudieron ingresar accidentalmente mediante el agua de lastre de grandes embarcaciones procedentes de Asia.

Los barcos cargan volúmenes de agua para mantener la estabilidad durante sus viajes. Con ese líquido pueden transportar larvas, microorganismos, crustáceos y moluscos. Al arribar al destino, el agua es descargada y los organismos quedan liberados en un ambiente diferente.
Una vez dentro del sistema rioplatense, encontraron condiciones favorables: agua dulce, sedimentos blandos, alimento disponible y extensas conexiones fluviales que funcionaron como corredores naturales.
Dos especies asiáticas avanzaron al mismo tiempo
La invasión no estuvo protagonizada por una sola especie. Los primeros relevamientos detectaron dos almejas del sudeste asiático: Corbicula fluminea y Corbicula largillierti.
A comienzos de la década de 1980, C. largillierti ocupaba sectores del litoral comprendidos entre el norte del puerto de Buenos Aires y Magdalena. Por entonces, C. fluminea se encontraba principalmente al norte del puerto. Una década después, esta última ya se había extendido hasta Punta Indio.
Con los años siguieron rutas diferentes. La primera dominó grandes ríos y zonas del este y sur del país, mientras la segunda logró establecerse con mayor éxito en arroyos, lagos y embalses del centro y noroeste argentino.
Cómo una diminuta almeja conquistó los ríos argentinos
El éxito de Corbicula fluminea se explica por su resistencia y capacidad reproductiva. Puede enterrarse en los sedimentos, filtrar partículas suspendidas y sobrevivir en ambientes modificados por la actividad humana.
Cuando las condiciones son favorables, forma poblaciones densas rápidamente. Miles de ejemplares pueden cubrir el fondo y competir por espacio y alimento con los moluscos nativos. Sus larvas, diminutas y difíciles de detectar, viajan con el agua o dentro de embarcaciones y equipos de pesca.
La construcción de embalses, el movimiento de barcos y las conexiones entre cuencas facilitaron una expansión que superó al Río de la Plata.
La amenaza escondida en las tomas de agua
Su impacto no se limita al ambiente natural. Corbicula fluminea puede ocasionar problemas en tomas de agua dulce, canales, centrales eléctricas y sistemas industriales.

Las almejas ingresan en tuberías durante sus primeras etapas de vida. Allí crecen, se acumulan y forman obstrucciones que reducen el paso del agua. Cuando mueren masivamente, sus conchas también pueden amontonarse y provocar nuevos bloqueos.
El hallazgo que encendió una alerta en la Patagonia
Durante años, las bajas temperaturas patagónicas parecieron limitar su avance hacia el sur. Esa barrera, sin embargo, comenzó a desaparecer.
Investigadores confirmaron ejemplares en la cuenca del río Chubut. El descubrimiento representó el primer registro en la provincia y el punto más austral conocido en Sudamérica. Los especialistas advirtieron que podría continuar expandiéndose hacia el sur y el oeste.
El hallazgo demuestra que la invasión iniciada hace más de cincuenta años todavía no terminó. Lo que comenzó con unas pocas almejas transportadas en barcos se convirtió en una colonización silenciosa de escala continental.
Hoy, debajo del agua y lejos de la mirada cotidiana, la almeja asiática continúa avanzando. Su historia deja una advertencia: una especie no necesita ser grande, feroz ni visible para transformar para siempre un ecosistema.


















