
En 2020, mientras la pandemia obligaba a cerrar bares y restaurantes, Constanza Aguirre Gómez perdió su trabajo como moza. Sin ingresos y con la necesidad de encontrar una alternativa, comenzó a experimentar con materiales que muchas personas tiraban a la basura.
Seis años después, aquella búsqueda se convirtió en Cocomiel Sustentable, un emprendimiento de Villa Ramallo, provincia de Buenos Aires, que transforma residuos plásticos en mochilas, cartucheras y otros accesorios.

Perdió su empleo durante la pandemia y encontró una oportunidad en el reciclaje
“En la pandemia había que hacer algo, me quedé sin laburo. Era moza y cerraron todos los lugares y tuve que buscar con las herramientas que tenía qué hacer”, recordó Constanza en una entrevista con Radio Meta.
Su primera idea no estuvo relacionada directamente con las mochilas. Comenzó fabricando toallitas menstruales reutilizables, pero pronto apareció un problema: necesitaba un envoltorio que acompañara la propuesta ecológica de sus productos. La solución llegó mientras investigaba técnicas de reciclaje en internet.
Fue entonces cuando descubrió que podía unir distintas capas de plástico mediante calor. Con una plancha de ropa comenzó a transformar sachets de leche y bolsas descartadas en láminas resistentes. Lo que inicialmente sería un simple envoltorio terminó convirtiéndose en la materia prima de un proyecto mucho más ambicioso.
Cómo transforma 15 sachets de leche en un accesorio sustentable
El procedimiento comienza con la recolección de plásticos que llegan al taller gracias a vecinos, familiares y amigos. Una vez limpios, los materiales se organizan en capas y se someten al calor para formar una especie de tela plástica que después puede cortarse y coserse.

“El sachet es nuestra base principal. Por lámina se usan tres sachets y un accesorio mínimo tiene cinco láminas. Así que 15 sachets por producto mínimo se usan”, explicó la emprendedora.
Con el tiempo, Constanza reemplazó la plancha doméstica por una máquina sublimadora, que le permite trabajar el material a temperaturas cercanas a los 160 grados. El resultado es una superficie resistente al agua que utiliza para confeccionar mochilas, riñoneras, cartucheras y otros objetos cotidianos.
La particularidad de Cocomiel es que no compra una tela convencional para fabricar sus productos: elabora su propio material a partir de residuos recuperados, convirtiendo envoltorios descartados en accesorios funcionales.
De trabajar sola a abrir un taller con cinco personas en Villa Ramallo
Lo que comenzó como una actividad individual fue creciendo hasta convertirse en un espacio de trabajo compartido. “Cuando arranqué, arranqué sola. Y ahora somos cinco”, contó Constanza.

En 2025 logró abrir su propio local y taller en Villa Ramallo. Allí no solamente confeccionan artículos de plástico reciclado, sino que también trabajan con prendas de segunda mano, calzado y arreglos de ropa, ampliando las posibilidades de reutilización.
El crecimiento del emprendimiento también recibió reconocimientos. Cocomiel obtuvo el primer puesto en una edición del programa municipal Raíces, destinado a fortalecer proyectos productivos, y Constanza fue una de las finalistas del Premio Mujer Empresaria Bonaerense 2025.
Sin embargo, para ella el objetivo no se limita a vender productos. Desde el comienzo buscó que otras personas pudieran aprender las técnicas de reciclaje y encontrar nuevas herramientas para generar ingresos.
El emprendimiento que también ayuda a mujeres a aprender un oficio
Actualmente, Cocomiel trabaja junto a un grupo terapéutico de la Casa de la Mujer. Las participantes se acercan al taller para conocer las distintas etapas del proceso, desde preparar el plástico hasta coser y presentar los accesorios terminados.
“Cosemos, planchamos el plástico, aprendemos a recortar, a cómo presentar el producto y eso. Nos ayudamos también entre todas”, relató la emprendedora.

El espacio también está pensado para acompañar a mujeres y disidencias que atraviesan situaciones de violencia. La intención es ofrecer un lugar de encuentro, capacitación y apoyo, donde cada participante pueda desarrollar sus propias capacidades.
“Está bueno que cada una proyecte su propio destino y tenga las herramientas para poder salir adelante”, sostuvo Constanza. A esa iniciativa se suma una feria de emprendedores con opción de trueque, organizada junto con la Casa de la Mujer y la Casa de la Memoria, para fomentar el intercambio de productos y fortalecer los vínculos comunitarios.
Así, aquella plancha de ropa que Constanza utilizó durante la pandemia terminó siendo el punto de partida de algo más grande: un proyecto que recupera plástico, genera oportunidades laborales y demuestra que los materiales descartados pueden tener una segunda vida.






















